—¡Se ahoga!—dijo espantado mirando que el Tapado tenía el rostro cárdeno y que sus ojos parecían querer saltarse de las órbitas.
El asustado carcelero apartó violentamente la ropa de la cama que cubría el pecho de Benavides y lanzó un grito.
—¡Se está ahorcando este mal cristiano; Dios se lo perdone!
En efecto, Benavides había hecho un dogal con un pañuelo, y tiraba de ambas puntas desesperadamente.
El carcelero se arrojó sobre él, le quitó el pañuelo de las manos y luego se lo arrancó del cuello.
Ya era tiempo, un minuto más y D. Antonio hubiera dejado de existir.
Llegaron entonces otros dependientes de la prisión, atraídos por los gritos, y comenzaron á auxiliar al Tapado hasta hacerle volver en sí.
—¡Bravo susto nos habéis dado!—le dijo el carcelero—por poco os matais; tened entendido que me debéis la vida.
—Dios te lo perdone—contestó el Tapado—bien cruel ha sido tu caridad.
Y después de esto volvió á su tenaz silencio.