En efecto así aconteció; Benavides pasó en la capilla esos tres días de agonía, que son el más terrible de los castigos, y durante ellos hizo llamar á Castillo, el secretario del Virrey, para hacerle una revelación: ¿qué le dijo? jamás se supo.
Amaneció por fin el día 14; la Plaza de Armas y las calles cercanas se llenaron de curiosos, las gentes coronaron las azoteas, y el sol puro y brillante en medio de un cielo limpio y sereno, alumbró con sus ardientes rayos una muchedumbre ansiosa de contemplar el suplicio de un hombre que ningún mal le había hecho y á quien solo de nombre conocía.
Don Antonio de Benavides, con el pecho cubierto de escapularios, sin sombrero, vestido de negro y caballero en una mula salió de la cárcel rodeado de soldados, llevando á su lado dos sacerdotes que le animaban á morir cristianamente.
La fúnebre comitiva hizo aquella especie de paseo que se acostumbraba hacer con los reos, y en cada esquina el pregonero con voz atronadora publicaba el nombre del ajusticiado, su crimen y la pena que iba á sufrir.
Así llegaron hasta la horca que estaba en el centro de la plaza. Benavides fué bajado de la mula, el verdugo pasó el dogal alrededor de su cuello, los sacerdotes redoblaron sus fervorosas oraciones.—¡Jesús te acompañe!—murmuró la multitud, y...... D. Antonio de Benavides, marqués de San Vicente, visitador, mariscal de campo y castellano de Acapulco, no era ya más que un cadáver que se mecía en la horca.
Después de esto, los sacerdotes se retiraron y los verdugos descolgaron el cadáver, y conforme á la sentencia le cortaron las manos y la cabeza: una mano se clavó en la horca, y la otra y la cabeza fueron enviadas á Puebla.
En estos momentos, cuando en la plaza resonaban los martillazos del verdugo que enclavaba en la horca la mano, el sol que había ido palideciendo se eclipsó totalmente, la muchedumbre, impresionada con el espectáculo, sintió un terror supersticioso al ver que el sol se obscurecía, y huyó despavorida en todas direcciones.
Un momento después la gran plaza estaba desierta.
El más impenetrable misterio vela toda esta historia. ¿Quién era el Tapado? ¿á qué vino á México? ¿qué habló con el virrey? Nadie lo supo. Quizá algún día el casual encuentro de algún ignorado expediente, en México ó en España, arroje la luz sobre este, hasta hoy, sombrío episodio de nuestra historia colonial.