Aquel día, pues, era todo de fiestas y de regocijo en la corte del Virrey, el palacio estaba iluminado profusamente, damas y caballeros atravesaban los corredores y se reunían en las estancias, ó se asomaban á los balcones para divertirse con los fuegos, las ricas carrozas cruzaban la plaza mayor en todas direcciones, y una muchedumbre alegre y bulliciosa se apiñaba delante de la habitación del Virrey escuchando las músicas de las serenatas y confundiendo sus gritos con el estallido de los petardos.

Y en aquellos mismos momentos, en el edificio del palacio, en uno de los más oscuros y tristes calabozos de la cárcel de corte, un humilde sacerdote, acompañado nada más de algunos devotos, administraba el sacramento de la Extrema Unción al misterioso marqués de San Vicente, al visitador D. Antonio de Benavides.

El sacerdote murmuraba devotamente sus fervorosas oraciones en aquel apartado calabozo, en medio de un silencio que no interrumpían allí más que los débiles gemidos del moribundo y el chasquido triste de las hachas de cera con que alumbraban los asistentes, pero que formaba un pavoroso contraste con los perdidos ecos de las músicas y de los gritos de la multitud que gozaba.

Don Antonio de Benavides recibió los últimos sacramentos y dió al cura mil pesos de manípulo, que el cura se negó á aceptar, y que el Virrey mandó después que se aplicaran á la compra de un palio para el Santísimo.

La historia del Tapado ofrece á cada momento incidentes que sólo sirven para aumentar más y más el misterio que envuelve siempre á este célebre personaje, y que nos inducen á formar mil conjeturas.

En efecto, ¿qué puede pensarse de un hombre sobre quien la justicia había ejercido tan rudamente su poder, que estaba moribundo á consecuencia del tormento, olvidado en un calabozo, en una ciudad y en un reino al que llegaba por la primera vez, y que hacía tan fácilmente un regalo de esa clase á la Iglesia, sin tener bienes conocidos de ninguna clase, ni relaciones aparentes con ninguna persona de la colonia?

Dar, no mil sino cincuenta ó cien mil pesos á la Iglesia, era una cosa usada y muy sencilla para cualquiera de los ricos colonos de la Nueva España; pero el preso, infeliz y desvalido, regalando mil, esto es una cosa en verdad llena de misterio.

VII.

Un año se pasó, y en México se olvidaron casi de Benavides, que restablecido de su peligrosa enfermedad seguía siendo juzgado por la Audiencia.

Pero el lunes 10 de julio de 1684 se supo que el Tapado había sido condenado á muerte, y que había sido puesto ya en capilla, y como una ejecución de justicia era en aquellos tiempos un espectáculo público muy concurrido, todos comenzaron á disponerse para asistir á esta que, según las leyes y la práctica, debía verificarse tres días después, es decir, el miércoles 14.