El pueblo y el senado de Tlaxcalan se desalentaron con la derrota. Xicoténcatl sintió en su corazón avivarse el entusiasmo y el amor á la patria.

Las almas grandes son como el acero: se templan en el fuego.

Xicoténcatl contaba con el sacerdocio, y los sacerdotes dijeron al pueblo y al senado que los cristianos, protegidos por el sol, debían ser atacados durante la noche.

Y el pueblo y el senado creyeron.

Llegó la noche y Xicoténcatl condujo sus huestes al ataque de los cuarteles de los españoles.

Cortés velaba, y entre las sombras miró las negras masas del ejército Tlaxcalteca que se acercaban, y puso en pie á sus soldados.

Xicoténcatl llegó hasta el campo atrincherado de los españoles: un paso los separaba ya, cuando repentinamente una faja de luz roja ciñó el campamento, y el estampido de las armas de fuego despertó el eco de los montes.

Los Tlaxcaltecas atacaban con furor; pero en esta vez como en otras, los cañones y los arcabuces dieron la victoria á Cortés.

El senado de Tlaxcalan culpó la indomable constancia del joven caudillo, y le obligó á deponer las armas.

Los españoles entraron triunfantes á Tlaxcalan.