El águila de aquella República lanzó un grito de duelo y huyó á las montañas.
El senado de la República, que nada había hecho en favor de la independencia de la patria, temeroso del enojo de los conquistadores, destituyó al joven caudillo; pero el espíritu grande de Hernán Cortés sintió lo profundamente ingrato de la conducta del senado, é interpuso su valimiento para que Xicoténcatl fuese restituído en sus honores.
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Eran los primeros dias de marzo de 1521. Cortés volvía sobre la capital del imperio Azteca, de donde había salido fugitivo y casi derrotado en la célebre noche triste, con un ejército poderoso compuesto de españoles y aliados, como se llamaban á los naturales del país.
En las filas de los Tlaxcaltecas circulaban noticias alarmantes. Xicoténcatl había desaparecido del campo, y según la opinión general, aquella separación era provenida del mal trato que los españoles daban á sus aliados, y sobre todo del odio que Xicoténcatl profesaba á esta alianza.
Dióse la orden para que los Tlaxcaltecas se dirigieran para Tlacopan con objeto de comenzar las operaciones del sitio, y los Tlaxcaltecas emprendieron el camino, dejando á la ciudad de Texcoco, en donde sin saber para quién, pero con gran terror, habían visto preparar una grande horca.
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Estamos en Texcoco.
El sol se ponía detrás de los montes que forman como un engaste á las cristalinas aguas del lago: la tarde estaba serena y apacible.
Por el camino de Tlaxcalan llegaba un grupo de peones y jinetes conduciendo en medio de sus filas á un prisionero, que caminaba tan orgullosamente como si él viniera mandando aquella tropa.