Atravesaron sin detenerse algunas de las calles de la ciudad, y se dirigieron sin vacilar á la grande horca colocada cerca de la orilla del lago.
El prisionero miró la horca; comprendió la suerte que le esperaba, pero no se estremeció siquiera.
Porque aquel hombre era Xicoténcatl, y Xicoténcatl no sabía temblar ante la muerte.
Los españoles le notificaron su sentencia: debía morir por haber abandonado sus banderas, por haber dado este mal ejemplo á los fieles Tlaxcaltecas.
Xicoténcatl, que comenzaba ya á comprender el español, contestó la sentencia con una sonrisa de desprecio.
Entonces se arrojaron sobre él y le ataron.
*
* *
La pálida y melancólica luz de la luna que se ocultaba en el horizonte, rielando sobre la superficie tranquila de la laguna, alumbró un cuadro de muerte.
El caudillo de Tlaxcala, el héroe de la independencia de aquella República, espiraba suspendido de una horca, al pie de la cual los soldados de Cortés le contemplaban con admiración.
A lo lejos, algunos Tlaxcaltecas huían espantados, porque aquel era el patíbulo de la libertad de una nación.