Partió Cortés, y el Lic. Zuazo, Estrada y Albornoz tomaron posesión del gobierno como tenientes-gobernadores, asistiendo por primera vez al cabildo con el carácter de tales, el día 4 de noviembre de 1524.

II
De como las cosas del gobierno
de la Nueva España iban mal, y de como
Cortés las puso peores

Apenas se había alejado Cortés unas cuantas jornadas de México, cuando Estrada y Albornoz, que ya desde antes tenían entre sí motivos de rencor, se disgustaron completamente.

El nombramiento de un alguacil fué el aparente motivo de encenderse una disputa, en la que los ánimos predispuestos se exaltaron, y siguiendo la costumbre de aquellos tiempos en que las armas entraban como parte de la razón en las cuestiones de los hombres de honor, los dos tenientes-gobernadores echaron mano á los estoques, y en poco estuvo que la espada hubiera dirimido la competencia.

Logróse contenerlos, pero el escándalo habia sido muy grande; y luego partieron correos avisando á Cortés las desavenencias que ocurrían en la ciudad.

Chirino y Salazar que acompañaban á Cortés, supieron casi al mismo tiempo que él lo ocurrido en México, y vieron en esto un medio de separarse de su lado y tornar á la capital.

Habían llegado á Goazacoalcos, pero el camino era en extremo penoso y sembrado por todas partes de peligros.

Inmensas selvas, en donde los árboles seculares crecían tan cerca unos de otros que se confundían sus ramajes; traidores pantanos cubiertos con una engañosa capa de verdura, pero que estremeciéndose al soplo no mas de los vientos, tragaban al desgraciado que ponía en ellos su imprudente planta: vertiginosos precipicios en cuyo fondo se creía mirar de nuevo el firmamento, y que parecian á los espantados ojos de los españoles, como insondables vasos de roca, llenos de nubes y de tempestades: serpientes y monstruos hasta entonces desconocidos, esto era lo que encontraban por todas partes los que acompañaban á Cortés.

Las tempestades pasaban algunas veces sus alas de fuego sobre aquella naturaleza exuberante, y los robustos troncos de las ceibas se estremecían como una caña cimbradora, al soplo de los huracanes.

Por las noches aquellas selvas se poblaban de habitantes misteriosos; salían de ellas en espantoso concierto, aullidos siniestros, rugidos pavorosos, silbos y gritos aterradores y desconocidos, y cruzaban por los aires y entre las ramas y bajo la yerba, con fosfórica luz, millones de insectos de todos tamaños y figuras.