El melancólico rumor del viento entre las hojas se mezclaba algunas veces durante la noche al eco lejano de los torrentes, al mugido de la tormenta que se alzaba en el horizonte, á los sonoros tumbos de los mares.

Aquello era más sublime que lo que podian soportar las almas ruines de Salazar y de Chirino.

Anhelaban por separarse de allí, y la nueva de los disturbios vino á presentarles una favorable oportunidad.

Instaron, rogaron y suplicaron á Cortés pidiéndole volver á México, representándole lo oportuna que sería su presencia en la capital, y los servicios tan importantes que podían prestar á los intereses de S. M.

Cortés meditó aquella petición y accedió á la solicitud de Chirino y de Salazar.

Estrada, Albornoz, Salazar y Chirino, aunque eran en apariencia amigos de Cortés, le aborrecían secretamente, y procuraban desprestigiarle en la corte y hacerle caer de la gracia del Emperador. Cortés lo sabía y lo conocía, por eso no sólo no puso dificultad ninguna en la vuelta de Chirino y de Salazar, sino que por el contrario les dió mandamiento asociándoles también al gobierno de la Nueva España.

Aquellos dos hombres que caminaban de mala fe con Cortés, eran imprudentes testigos de sus acciones, dieron la vuelta para México, satisfechos y orgullosos de lo que habían conseguido, creyendo en su fatuidad acabar con el poder de su favorecedor, y no comprendiendo que sus desavenencias y torpezas en el gobierno debían dar el más completo triunfo al esforzado conquistador.

Salazar y Chirino llegaron á México y presentaron en el cabildo de 29 de diciembre de 1524, la provisión del muy magnífico señor Hernando Cortés que los autorizaba para tener parte en el gobierno del reino.

El Ayuntamiento les reconoció sin dificultad, pero ellos no se conformaron con eso, sino que excluyeron á Estrada y á Albornoz y se apoderaron de la administración, no admitiendo en su compañía más que al Lic. Zuazo.

La división entonces se hizo más profunda. Estrada y Albornoz se unieron para derribar á sus nuevos enemigos, y con objeto de conseguirlo quisieron y lograron atraer á su bando al alguacil mayor Rodrigo de Paz, que ejercía tan decisiva influencia en el Cabildo y en la ciudad.