Un día repentinamente circuló en México una noticia alarmante: el alguacil mayor estaba preso en la casa de Salazar de orden de los tenientes gobernadores.
En efecto, Rodrigo de Paz estaba preso, y se paseaba tristemente en uno de los salones de la casa de Salazar, con esposas de hierro en las manos y arrastrando una larga y pesada cadena. Salazar entró y le contempló un rato en silencio.
—Duéleme de verte en esa situación—le dijo—que á tal no habrías llegado, si como la causa de Estrada defendiste, de la mía hubieras sido partidario.
—Holgárame de estar libre—contestó Rodrigo—si mis amigos hubieran triunfado, pero sigo la suerte á ellos reservada.
—¿Crees por ventura en tus amigos Estrada, Albornoz y Zuazo?
—De creer tengo, porque no hay motivos para lo contrario.
—Mira—dijo Salazar mostrándole la orden de prisión firmada también por Albornoz, Estrada y Zuazo.
Rodrigo de Paz leyó aquella orden con espanto. No podía dudar, sus amigos le abandonaban y le traicionaban.
Leyó la orden, inclinó la cabeza, y quedó meditabundo. Salazar respetó aquella meditación, y después, acercándose, le dijo:
—Mira el premio de tus favores y servicios; esos hombres están conjurados contra tí y ansían tu muerte; ¿quieres libertad, venganza?