Aquel hombre, ó más bien dicho, aquella fiera sombría y silenciosa, fué paseada así largo tiempo por todas las calles de la ciudad.
Llegó después el caso de ponerle en una prisión, pero ninguna se consideró bastante estrecha, ni nadie quiso recibir en su casa á aquel excomulgado.
—Haremos una jaula—dijo el carpintero Hernando de Torres que se encontraba allí.
—Sí, una jaula—dijeron todos.
Hernando de Torres salió y comenzó á trabajar con una actividad increíble, ayudado de muchos.
Cuatro horas después, frente al palacio de Cortés, había ya dos fuertes jaulas formadas de vigas.
—¿Para quién es esa otra?—preguntó Tapia mostrando la jaula que estaba cerca de la de Salazar.
—Para Chirino, que viene en auxilio de su compañero—contestó Hernando de Torres.
—Tienes razón.
Salazar quedó encerrado en su jaula, y atado en ella del cuello con una cadena.