—¡Santiago y cierra España!—gritó Tapia arremetiendo á la casa.

El grito de guerra fué repetido, y comenzó el asalto.

Tapia cayó herido de una pedrada en la cabeza, pero en un momento sus soldados derribaron las puertas y entraron á la casa.

Jorge Alvarado fué el primero que encontró á Salazar y le aprehendió; pero apenas se supo que estaba preso, cuando toda la gente se lanzó sobre él para asesinarle.

Apenas Alvarado podía defenderle; pero llegaron en su auxilio el mismo Tapia, Saavedra y muchos de sus amigos, y con gran esfuerzo lograron salvarle, haciéndole salir por una puerta excusada.

IV
Las fieras

Hombres, mujeres, muchachos y viejos, todos salían á las ventanas y corrían por las calles con gran alborozo para contemplar una extraña procesión.

En medio de un grupo de soldados, entre la burla y la rechifla del populacho, caminaba un hombre á quien llevaban casi arrastrando de una gruesa cadena que tenía atada al cuello.

Aquel hombre, á quien agobiaban más que el peso de su cadena los insultos de la multitud, era Gonzalo de Salazar.

Los ancianos le ponían como ejemplo de la vanidad de las glorias humanas; las mujeres le compadecían, pero no deseaban su libertad; los hombres se reían de él, y los muchachos le arrojaban lodo y cáscaras de fruta á la cara.