—Caballeros, prendedle, si no queréis ser traidores.
—¡Calla, ó doy fuego!—exclamó Salazar arrebatando un mechero y precipitándose sobre un cañón.
—Retirémonos á la casa, señor,—gritó en este momento el jefe de la artillería Don Luis de Guzmán, tomando á Salazar de un brazo—el enemigo nos ataca por la retaguardia.
Salazar volvió el rostro con espanto, y en efecto, por la calle de Tacuba desembocaba otra columna.
—¡A la casa!—gritó Salazar retirándose el primero.
Entonces hubo una terrible confusión: los soldados, imitando á sus jefes, procuraron refugiarse dentro del edificio; pero el terror que se había apoderado de ellos era tan grande, que los primeros que penetraron, creyendo que tenían muy cerca al enemigo, cerraron las puertas dejando á los demás afuera.
Lo que era natural sucedió entonces: los que habían quedado fuera comenzaron á gritar: «Viva Cortés,» y se unieron á los asaltantes.
Desde este momento la derrota de Salazar fué inevitable.
Reunióse luego el Ayuntamiento, pregonáronse los nombramientos de Estrada y Albornoz y la destitución de Salazar y Chirino.
Pero Salazar no se rendía, y sus soldados comenzaron á hacer fuego sobre los que pasaban acompañando á Tapia que publicaba aquellos nombramientos.