—Gran número de plebe, pero sólo quinientos hombres listos para el combate.
—¡Que vengan!—dijo Salazar sonriéndose y dirigiendo una mirada de satisfacción á sus tropas y á sus cañones.
—¡A las armas! ¡á las armas!—gritó á ese tiempo uno de los centinelas—¡el enemigo!
—¡A las armas!—repitieron todos, y como estaban prevenidos, en un momento se coronaron las azoteas de gente, y los artilleros, con los mecheros encendidos, se colocaron al lado de los cañones.
En efecto, por las calles del monasterio de San Francisco caminaba con dirección á la plaza mayor una columna á la cabeza de la cual iba Andrés de Tapia.
Salazar hizo salir á la calle y formar enfrente de la casa de Cortés gran parte de sus tropas y de su artillería.
La columna de los sublevados se detuvo antes de desembocar á la plaza, y allí se adelantó gallardamente Tapia hasta ponerse á la habla con Salazar.
—Señor factor y vosotros los que con él estáis—gritó esforzando su robusta voz.—Sed testigos de que deseo la paz; me habéis perseguido, pero estoy sin pasión: vos, factor, habéis dicho y á mí me dijísteis, que teníades orden del consejo del rey para matar ó prender al gobernador D. Hernando Cortés: mostrad esa instrucción, y os seguiremos; si no la hay, ¿para qué tenéis engañada tanta gente? Y vosotros, señores, pues habéis servido al rey, dad agora ocasión á vuestros amigos, que roguemos al gobernador interceda con el rey para que os haga merced, antes que él venga y os haga cuartos.
—Tal instrucción del rey no tengo, ni á vos la mostraría—contestó Salazar con orgullo—más cuanto hago, bueno está, y antes moriré ó saldré con ello.
Tapia escuchó con asombro aquella insolente respuesta, y sin reflexionar en lo que hacía, dando espuelas á su caballo se lanzó sobre Salazar gritando: