En cuanto á su compañero Peralmindes Chirino, había salido de México hacía ya algún tiempo, á sofocar una sublevación de los naturales de Oaxaca, que se habían levantado y dado muerte á cincuenta españoles y á diez mil esclavos que trabajaban allí en las minas.
Peralmindes Chirino, que era, á lo que parece, tan mal gobernante como inepto general, salió burlado en aquella empresa, porque rodeados los enemigos en un gran peñón adonde se habían refugiado, escaparon durante la noche con todos sus tesoros, con mengua de la vigilancia de Peralmindes.
Por esta causa Salazar se encontraba solo en México la noche en que los amigos de Cortés determinaron atacarle.
Las noticias de cuanto pasaba en las calles y en San Francisco le llegaban á Salazar por momentos; podía haber salido con sus tropas en busca de sus enemigos y haberlos derrotado, porque eran aquellos inferiores en número y no contaban con artillería; pero nada hay tan tímido como una conciencia manchada.
Salazar revisaba personalmente la artillería, las avanzadas y las tropas de combate y las reservas, animaba á los soldados y á los capitanes, y procuraba infundirles el odio y el rencor de que estaba poseído.
En la mañana, un hombre que llegaba del rumbo de San Francisco se acercó á Salazar.
—Señor—le dijo—el enemigo se pone en movimiento.
—¿Y crees tú que se atreverán á atacarme?
—Tal creo, señor, porque reina entre ellos el mayor entusiasmo: han nombrado por capitanes á Jorge Alvarado, Alvaro Saavedra y Andrés de Tapia, y han sido electos gobernadores interinos Alonso de Estrada y Rodrigo de Albornoz.
—¡Miserables! ¿Y cuánta gente tienen?