Alvarado estrechó la mano de sus amigos, montó en un soberbio caballo que un escudero tenía de la brida en el patio del convento, y salió á la calle, en donde esperaba encontrar á los que acompañarle debían.
En efecto, allí estaban. La luz de la luna reflejaba sobre las brillantes armaduras de treinta jinetes que como estatuas de hierro aguardaban inmóviles las órdenes de su capitán.
Seguía reinando en la ciudad el silencio más profundo, y de repente el tropel de la caballería, y gritos y pregones inusitados despertaron á los habitantes, y las ventanas y las puertas se abrieron casi simultáneamente y se llenaron de gente ansiosa de conocer la novedad.
Aquel extraño rumor lo causaban Jorge de Alvarado y los suyos que recorrían las calles de la ciudad pregonando: «que los que quisiesen servir al rey acudiesen inmediatamente á San Francisco, en donde les mostrarían cartas del Sr. Hernán Cortés.»
Pesaba tanto sobre la ciudad la tiranía de Salazar y de Chirino, y tanto se había sentido la fatal noticia de la muerte de Cortés, que aquel pregón causó una verdadera alegría, y en muy poco tiempo toda la ciudad se puso en movimiento.
Los mozos se reunieron inmediatamente á Jorge de Alvarado, los hombres se dirigieron luego á San Francisco, y las mujeres y los ancianos quedaron en guarda de las casas y rogando á Dios por los suyos.
Cuando la aurora hizo palidecer la luz de la luna, Alvarado había cumplido su promesa.
Faltaban armas á Tapia y le sobraban combatientes.
III
La arremetida
Mil castellanos y doce piezas de artillería eran la defensa de la casa de Hernán Cortés, en la cual se había encerrado el gobernador Gonzalo de Salazar.