La Audiencia se dió por satisfecha: llamó al Lic. Vena á sus estrados, le dió asiento en ellos, y con la mayor escrupulosidad le estuvo dando cuenta é instruyendo de todos los negocios graves que había pendientes, procurando inspirarle una resolución favorable.

Las horas en que el Licenciado acababa esos importantes quehaceres, las empleaba en su casa en recibir á las personas más distinguidas. Los encomenderos y todas las muchas gentes interesadas en la visita le llevaban cuantiosos regalos de oro y plata para él, y de alhajas y perlas para Doña Beatriz. A la segunda semana de haber llegado el Visitador á México, ya tenía un valioso tesoro, que reunido al de Veracruz, formaba un respetable capital bastante para vivir con independencia el resto de la vida.

Beatriz estaba rica: su hermosura deslumbró y causó sensación en México; pero cada vez estaba más triste, y raro día no dejaba de acordarse de su Sevilla y de derramar algunas lágrimas. El Lic. Vena la tranquilizaba y le aseguraba que antes de dos semanas estarían de vuelta en Veracruz y se embarcarían en la misma Covadonga, que aun no se daba á la vela.

Un día, como de costumbre, el Licenciado se fué á los estrados de la Audiencia, y allí llegó un correo expreso enviado de Veracruz, que avisaba que el Virrey Don Luis Velasco había llegado.

Al escuchar esta noticia, el Licenciado se puso pálido, y un ligero temblor se observó en sus labios; pero los oidores nada advirtieron, y él tuvo tiempo de reponerse.

—Qué me place, les dijo, que el buen Don Luis haya llegado, y sin la tormenta que á mí me trajo á tierra. Quiera Dios que yo sin tormenta vuelva, y con el permiso de vuestras señorías mañana partiré á encontrar al Virrey y á tomar las cartas y provisiones que me traerá, para que podamos continuar la visita para bien de S. M. y de sus reinos.

Los oidores ofrecieron sus servicios al Visitador, y despidiéronse de él cordialmente, pues creían que con tanto presente que le habían hecho le tenían enteramente de su parte.

El Licenciado salió de la Audiencia precipitadamente, se dirigió á su casa y entró buscando á Beatriz.

—¡Estás demudado! ¿Qué te ha sucedido? ¿Estás enfermo?—le preguntó Beatriz.

—Más me valiera haber muerto,—contestó el Licenciado.—Corremos un gran peligro, y esta noche es necesario que salgamos de la ciudad. Nada me preguntes ahora, y recojamos nuestras joyas y nuestros tesoros.