Don Jerónimo tocó suavemente la puerta y anunció que el Ayuntamiento quería felicitar al Visitador y ponerse á sus órdenes. En menos de media hora el Licenciado y Doña Beatriz salieron elegantemente vestidos á la sala á recibir á la concurrencia.

Los miembros del Ayuntamiento le presentaron un gran azafate de plata.

Una comisión del comercio que llegó después, le presentó á Doña Beatriz, en una bandeja de oro, una sarta de gruesas perlas.

Las visitas y las comisiones se sucedieron unas á otras, y cada persona llevaba al Visitador ó á su esposa un objeto de valor ó alguna curiosidad. Terminó la ceremonia, y el Visitador y Beatriz pasaron al comedor, donde nuestro grueso y buen Don Jerónimo tenía dispuesta una suculenta mesa.

Un correo se despachó á México avisando que el Lic. Vena, con cartas y provisiones del Rey, muy importantes y secretas, había llegado á Veracruz, y dentro de pocos días pasaría á la capital.

En esa época era Virrey D. Antonio de Mendoza, hombre que poseía la confianza de la Corte, que había gobernado perfectamente la Nueva-España y que no tenía de esos enemigos tenaces y secretos que perdieron á Cortés más de una ocasión en el ánimo del Soberano; así, la llegada de un Visitador no dejó de chocarle; pero puesto que era un hecho que estaba en Veracruz, no había otro remedio sino recibirle y obedecer.

En cuanto á la Audiencia, era otra cosa. Los Oidores quizá no tenían tan limpia su conciencia, la noticia los puso en cuidado, y lo primero que trataron y convinieron entre sí, fué ganarse la confianza y protección del personaje.

IV
La Audiencia

Vena y Doña Beatriz salieron al cabo de ocho días de la Veracruz, llenos de plata, de oro y de valiosas alhajas, custodiados por cuarenta lanzas jinetas. El camino fué una perpetua ovación. Los caciques, los justicias, los vecinos principales salían á recibir á los nobles personajes, y los banquetes y los obsequios eran continuados. Llegado á México, se alojó en una de las casas principales que los oidores le habían preparado, y á los tres días le mandaron respetuosamente pedir sus provisiones para darles cumplimiento.

El Licenciado contestó con la mayor franqueza y naturalidad, que él no había traído las provisiones, porque el Virrey Velasco que estaba para llegar, las tenía y entonces serían vistas y cumplidas por todos los vasallos de S. M.