El Licenciado no le contestó, y continuó mirando distraídamente al mar. Beatriz, que lo observaba, cambió inmediatamente; bajó los ojos, y dos lágrimas silenciosas rodaron por aquellas mejillas suaves, deteniéndose un instante en el suave vello que las hacía parecer como un terciopelo al través de la luz.

—No sé por qué, dijo, daría yo la mitad de mi vida por verme en mi casa de Sevilla, al lado de mis flores, de mi madre, de Pilar mi hermana. La América nos ha recibido con una tormenta, y yo no puedo ver estas playas secas y arenosas, y estos arrecifes terribles, sin que se me cierre el corazón.

—Todo esto pasará, Beatriz, le contestó el Licenciado saliendo de su distracción y procurando poner un semblante muy afable. Dentro de pocos meses estaremos en Sevilla, en Granada, en Italia; pero no me hagas creer que te has arrepentido, porque eso sí me pondría de veras triste.

—Arrepentida, no; pero qué quieres; yo preferiría......

—¿Estar con tu marido, acaso?—repuso violentamente el Licenciado.

—Con mi marido; no, nunca. Esta señal que tengo en el carrillo es una garantía segura de que nunca volveré ni á mirarle. Una sevillana ama, pero no perdona.

Beatriz tenía, en efecto, una pequeña señal en el carrillo izquierdo.

—Bien, bien, dijo Vena, no hay que traer á la memoria recuerdos amargos. Pensemos en el porvenir, y es lo que nos toca.

—¿Traes tus cartas y tus provisiones?—le preguntó Beatriz.

—Precisamente las cartas del Rey, no; pero bastan por ahora las instrucciones; y sobre todo, ¿quién puede dudar......?