El Visitador se inclinó con dignidad. Era lo que podía llamarse un hombre, y no representaba más de cuarenta años; de tez un poco morena, de ojo pequeño y vivo, grandes entradas en la frente, y un pelo negro echado hacia atrás con desorden pero con gracia, daba á su fisonomía un aire de audacia y de superioridad que no dejaba de imponer. Sin contestar á Don Jerónimo se acercó con afección á la dama desmayada, le compuso un poco los vestidos, le tomó el pulso, le puso la mano en el corazón, y después le acarició suavemente la frente.

—Es solo un desmayo, dijo dirigiéndose al hombre gordo. El temporal ha sido fuerte, y hemos estado á punto de naufragar. Los peligros y las aventuras se han hecho para los hombres, pero la naturaleza débil de las mujeres no puede sobreponerse al horror de una muerte próxima. Quizá en tierra recobrará sus sentidos, porque el olor de un barco no es el más á propósito......

—Es mi sentir, y vuestra señoría puede disponer de una buena barca que se portó ayer muy bien, pues salí con ella á encontrar á la Covadonga, y de verdad que sin Dios y mi piloto Antón, no tuviera hoy la honra de hablar con......

—El Lic. Vena, Visitador de México.

—Por muchos años, contestó inclinándose el hombre gordo; y su señoría dispondrá lo que hacer se debe.

En esto, la hermosa dama pareció volver en sí, abrió los ojos y se incorporó. Nueva admiración de Don Jerónimo. Aquellos grandes ojos negros como el azabache despedían rayos de amor y de luz. Don Jerónimo se mordía los labios, mientras el Licenciado envolvía en unas ropas á la encantadora mujer que había llegado á las Indias en medio de la más deshecha tormenta.

III
El Visitador

El Lic. Vena y Doña Beatriz, que así se llamaba la dama, se hospedaron en la casa de nuestro D. Jerónimo, que era un rico comerciante y que aventajaba mucho en sus negocios, agasajando cada vez que podía á los empleados y personajes influentes que llegaban de España á la colonia.

Doña Beatriz volvió á caer en un desmayo al llegar á la habitación; pero los cuidados que le prodigaron dos criadas negras que tenía D. Jerónimo, y más que todo una buena taza de vino y algunos alimentos, la volvieron á la vida, pues lo que realmente tenía era que en cerca de treinta horas, por el mareo y el miedo no había comido. Así que estuvo repuesta y se encontró segura en una amplia y bien ventilada habitación, desde donde se veía el mar quieto, azul y brillante, sonrió y se dirigió al Lic. Vena, cuyas facciones denotaban una profunda tristeza.

—Es un placer, un placer que no tiene igual en la tierra, verse libre y segura después de una tormenta. ¡Qué noche, qué noche! creo que si pienso más en ella me volveré loca.