Cuando cerró la noche, la Covadonga encendió una luz á proa y tiró un cañonazo. Si el cañonazo era de socorro, era inútil, pues la mar estaba de tal manera furiosa, que cualquiera barca se hubiera hecho mil pedazos.
II
Doña Beatriz
La Covadonga, juguete de las ondas, empujada más de una vez á los arrecifes, estuvo á pique de ser hecha mil pedazos, pero el bravo marino español logró entrar al puerto, y frente del islote de San Juan de Ulúa dió fondo, amarrando su barco con dos gruesas y pesadas anclas. Continuó el recio viento parte de la noche, y el barco se mantuvo flotando y resistiendo el azote de las corrientes que se estrellaban contra sus costados, á pesar de las predicciones de todos los marinos y habitantes de Veracruz, que creían que de un momento á otro vendría á la costa; y se aprestaban á dar todo el socorro posible á los náufragos. Don Jerónimo cenó su pescado, bebió su vino en compañía del piloto y volvió á la playa, donde permaneció toda la noche esperando de un momento á otro ver hundidos sus botes de azogue y sus almadanetas de fierro, y sobrenadando el cadáver del importante personaje que esperaba.
El día siguiente de esta cruel noche amaneció puro y brillante, el viento había caído y las ondas poco á poco fueron disminuyendo, de modo que á medio día se pudo barquear, y todos los botes que dejó en buen estado la tormenta volaron por la bahía, y como una parvada de pájaros que caen sobre los granos, rodearon á la nave española.
No es por cierto hoy Veracruz tan concurrido ni tan activo como otros puertos del Golfo y de las Antillas; pero en los tiempos á que nos referimos, la llegada de un barco era un verdadero acontecimiento: así, en cuanto la autoridad lo permitió, la cubierta se llenó de curiosos, y uno de los primeros que subió la escala fué nuestro conocido Don Jerónimo, procurando indagar si venía su cargamento de fierro y azogue y el personaje distinguido á quien buscaba.
—Viene nada menos, contestó el piloto, que un Visitador; pero su esposa ha sufrido mucho en el temporal, y está desmayada ó tal vez muerta en la cámara.
Nuestro hombre gordo, bien relacionado por una parte con todas las autoridades, y pesado y exigente por otra, se abrió paso por entre la muchedumbre, y saltando por sobre los cables y estorbos que había en la cubierta, logró penetrar en la cámara, y lo primero con que encontró su mirada fué á una mujer, y quedó como pasmado, sin poder articular palabra ni moverse en algunos minutos.
Era por cierto una mujer hermosa; y nada hay comparable á una mujer española cuando es joven y positivamente bella. La criatura que causó la admiración de Don Jerónimo estaba medio acostada en un banco de la cámara, y su cabeza caía descuidadamente en unos cojines. Era de un blanco limpio, grandes ojos cerrados que sombreaban unas rizadas pestañas y coronaban dos arqueadas y sedosas cejas. Su boca entreabierta dejaba ver entre sus labios algo pálidos una dentadura fuerte y no muy pequeña, pero cincelada y lustrosa, y su largo y negro cabello ligeramente rizado, caía en un armonioso desorden realzando la admirable regularidad de sus facciones. El pecho, los hombros, todo ello formaba ondas y contornos suaves que dejaba adivinar un traje de seda, algo maltratado y húmedo, pero que parecía colocado de intento por un hábil artista. La casualidad, la fatiga, el peligro, su estado de dejadez y de abandono, todo cooperaba á aumentar la belleza de esa mujer.
Cuando D. Jerónimo volvió de la admiración, procuró dirigirse al personaje que estaba cercano á esa Venus que parecía que había dormido entre las blancas espumas y las verdes ondas de la mar.
—Señor, dijo, veo que vuestra esposa ha sufrido mucho; y yo, sabiendo hace meses que debería venir de la corte un personaje tan alto, estoy encargado por mi primo Jerónimo Ruíz de la Mota, de ofreceros mi casa, mi persona y mis servicios.