El hombre gordo miró con cuidado el horizonte. Las nubes de un amarillo opaco y triste como el fuego cuando va perdiendo su color rojizo con la luz del sol, formaban unas rayas uniformes y que parecían, más bien que naturales, formadas ó arregladas de intento. Las ráfagas de viento caliente se hacían sentir con más frecuencia, y de vez en cuando se oía un ruido como si fuese el lejano disparo de un cañón.
—Ni una sola vez, cuando el cielo está así á la hora de ponerse el sol, ha dejado de haber tempestad, dijo el piloto. Si teneis grande interés en hablar á la Covadonga, vamos, porque un viejo piloto español jamás retrocede ni ante las ondas ni ante los vientos. Los marinos sabemos que nuestra sepultura es ancha y profunda, y nos horroriza la idea de ser machacados y encerrados debajo de la tierra; pero vuesa merced preferiría mejor cenar esta noche un buen pescado en su casa y remojarlo con una bota de tinto, en vez de exponerse á que los pescados se cenen el vientre de vuesa merced.
—Tenía yo mucho interés en saber si viene en la Covadonga un alto personaje, porque mi amigo el alcalde de Mesta, Ruíz de la Mota, tiene ya sus barruntos de que el Rey mandará un visitador con cartas y provisiones amplias; y quién sabe si la pasarán mal ciertos personajes. Este es un negocio que puede valerme unos cuantos pesos de oro, además de los que gane en el fierro y en el azogue que me vienen en el navío.
—Entonces no hay que tener miedo, y hasta encontrar á la Covadonga, que el comerciante, como el soldado y como el marino, debe morir en su oficio.
—No, no, Antón, dijo el hombre gordo: tampoco á mí me gustan ni esas nubes ni ese ventarrón caliente. Aquí en la Veracruz, cuando sopla caliente á poco sopla frío, y vale más, como dices, cenar muy quietos en casa. Volvámonos, y me acompañarás cuando lleguemos, á tomar un trago de vino. Desde tierra veremos mejor los movimientos de la Covadonga.
Antón, sin responder palabra, viró la barca y dirigió la proa á Veracruz. El mar tomaba un aspecto singular; la luz amarillenta del sol, combinándose con el verde de las aguas, formaba un ancho campo donde parecía que comenzaba ó se apagaba un incendio; el viento irregular soplaba por intervalos al Sur y al Sudeste, las ondas se iban bordando de una franja de espuma, y de las fatídicas rayas amarillas parecía que brotaban gruesas nubes de un aspecto amenazador.
—Si no llegamos en media hora no llegaremos nunca,—dijo el piloto.
—Al puerto, bogas, al puerto, dijo D. Jerónimo, y tendrá cada uno un tonel de vino. Los bogas redoblaron su esfuerzo, el mar se hinchaba por momentos, y cuando la barca pasó los arrecifes y puso la proa al embarcadero, multitud de gente en la playa veía aterrorizada aquella cáscara de nuez que se hundía y volvía á aparecer entre la espuma como si fuera arrojada por el soplo de un monstruo desde el fondo del abismo. Por fin atracó al lado del embarcadero de madera, y el hombre gordo, el piloto y los bogas saltaron á tierra llenos de agua y de sudor. La Covadonga estaba ya visible y se adelantaba resueltamente en medio de la tempestad que había estallado al entrar en el puerto.
En instantes el aspecto del cielo cambió, las líneas amarillas, moribundas y enterradas al parecer en un horizonte morado oscuro, despedían un opaco y siniestro brillo, el resto del cielo estaba oscuro, el viento Nordeste desencadenado silbaba, las barcas amarradas danzaban y se chocaban entre sí, y gruesas y estrepitosas olas iban á estrellarse y á hacer crujir los débiles tablados que entonces formaban el embarcadero.
La atención de todos los espectadores estaba fija en el barco atrevido que así desafiaba la tormenta; y el hombre gordo, sin sentir ni la agua, ni la fatiga, ni el cansansio, estaba fijo y mirando las maniobras de la embarcación.