—Yo te lo diré, Antón, antes de cinco minutos. El hombre gordo se puso en pie, sacó de un estuche de baqueta un anteojo, lo graduó á su vista y se puso á registrar el horizonte. A los cinco minutos justos se volvió á sentar en la barca y le dijo al piloto:—Adelante, Antón, porque no tardaremos media hora en descubrir los palos de la Covadonga.
—¿Qué horas son?—preguntó el piloto.
—Las cinco,—contestó el hombre gordo alzando la vista al sol.
—Pues á las seis ó á las seis y media tendremos una tempestad.
La mar estaba tranquila, el sol brillante; de vez en cuando se sentía un viento caliente como si viniese del desierto de Africa, y en el horizonte se aglomeraban algunas nubes de formas caprichosas. Los bogas volvieron á tomar aliento, y la barca volaba como un alción en la superficie de las aguas.
Después de un cuarto de hora el hombre gordo volvió á ponerse en pie, á tomar su anteojo y á registrar el horizonte; y volviéndose después al piloto le dijo:
—Creo haber descubierto en el horizonte alguna cosa como un palo, pero tan delgado que más bien parece una espiga de trigo. ¿Qué dices, Antón?
—Digo, mi señor D. Jerónimo, que lo que vuesa merced ve con el anteojo, lo he visto yo con mi vista natural. O la Covadonga está ya subiendo la última escalera de las aguas, ó yo no me llamo Antón de Peralta: pero antes que nosotros lleguemos á la Covadonga, y la Covadonga al puerto, ya soplará recio y muy dichosos seremos si Dios y sus santos nos dejan llegar á los arrecifes.
—¿Y en qué te fundas para tan triste pronóstico?
—Conozco mucho estos mares, y nunca he visto en el horizonte rayas amarillas, sin que á poco no haya soplado lo que se llama entre nosotros borrasca desecha. Mirad.