El pregonero se detenía en cada esquina, y gritaba tres veces: Esta es la justicia que el Rey manda hacer en el Lic. Vena, por embaidor, por embaidor.

Apenas acababa aquel funesto grito, cuando los verdugos descargaban con todas sus fuerzas diez varazos, contándolos con una especie de complacencia.

Cuando hubo la tumultuosa comitiva y el infeliz licenciado pasado cuatro esquinas, su brío se había acabado, la sangre corría escurriendo al suelo, y algunos pedazos de carne se levantaban de sus espaldas.

El pregón continuó, y los azotes también. En la sexta esquina, una hermosa mujer apareció, encontrándose frente á frente con el azotado. Abrió los ojos, llevó la mano á los cabellos, y empujando á la multitud corrió por las calles dando lastimeros gritos. El Licenciado la miró espantado, hizo un esfuerzo por romper sus ligaduras, pero un terrible azote del verdugo le hizo lanzar un gemido de dolor.

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La historia no dice si el Lic. Vena murió en el suplicio ó fué al fin llevado á galeras. Tampoco se sabe la suerte que corrió la hermosa Sevillana, víctima de un extravío y de un amor desgraciado.

Pasados algunos años de este suceso, se refería por el vulgo que á las doce de la noche se aparecía la Sevillana y corría por las calles dando gemidos tan dolorosos que partían el corazón.

Manuel Payno.

ALONSO DE AVILA

I
Prologo.—La confesión