En una noche oscura y lluviosa de fin de Julio de 1564, víctima el Virrey D. Luis de Velasco de los más acerbos dolores que le ocasionaba una aguda enfermedad, entregaba su alma á Dios. A ese mismo tiempo, y entre las tres y cuatro de la mañana, un hombre envuelto en un raído y pardo ferreruelo, escurriendo por todas partes la agua que había mojado su sombrero y vestidos, tocaba con grande estrépito la portería del convento de Santo Domingo de México, y los golpes duros y compasados producían un eco triste en las calles solitarias y en las bóvedas y estrechos corredores del monasterio. Parece que el lego portero, que estaba dormido profundamente, era el único que no oía este ruido que sin interrupción continuaba, hasta que al fin una voz ronca y gruñona se escuchó del otro lado de la puerta, y al mismo tiempo una ventanilla se abrió y dejó pasar por sus pequeñas pero espesas barras de hierro un manojo de rayos de luz que fueron á iluminar las espesas y mojadas barbas del que tocaba.
—¿Quién es el imprudente que turba á estas horas el reposo de este convento, y qué quiere?—preguntó desde adentro el lego portero con visible mal humor.
—Su Paternidad perdone. Soy Pero Ledesma, criado de mi señor Fortún del Portillo, que está en la agonía, y su alma no espera más que al Muy Reverendo Padre Fr. Domingo de la Anunciación para irse al otro mundo.
—Eso es otra cosa, Pero, dijo el lego, y todo lo que sea para la salud de la alma de tu amo que es bienhechor de nuestro convento, debemos hacerlo. Espera un poco y arrímate al marco de la puerta, pues parece que llueve fuerte. El lego sonó un gran manojo de llaves, metió una de ellas en la chapa, y en pocos minutos el rechinido de la enorme puerta anunció que el criado de D. Fortún tenía expedita la entrada del sombrío é inmenso monasterio.
—No hay que perder tiempo, dijo el lego, acomodando en la cintura el manojo de llaves y tomando en la mano una linterna que despedía una luz rojiza; cuando se trata del alma de un cristiano y de un buen español, no hay que dormirse ni que perder tiempo.
Los dos personajes subieron la escalera y se internaron por los corredores oscuros, dejando el uno un rastro de agua y el otro una nube de humo denso que despedía la mecha del farol. Llegaron á la celda de Fr. Domingo, tocaron, y al escuchar el Reverendo Padre el nombre de Fortún del Portillo, se levantó resignado, se puso una montera que le cubría las orejas y los ojos, y envuelto en una especie de turca ó sayal negro salió en compañía del criado, que encendió una tea de resina y le guió por las calles oscuras y llenas de charcos y de lodo, hasta la casa del moribundo y penado caballero.
Fortún del Portillo era hombre como de más de cincuenta años, cara larga, barba cerrada y cana. Los ojos eran hundidos, pero las enfermedades se los habían retirado casi hasta el cerebro. Sufría un ataque agudo del hígado y estaba ya sin aliento ni fuerzas, tendido en su lecho y en los últimos instantes de su vida. La recámara estaba iluminada con velas de cera que ardían delante de diversas imágenes de santos, y el cuello del paciente cubierto de reliquias y de escapularios. Luego que Fr. Domingo entró, todas las mujeres que asistían al enfermo y rezaban oraciones en coro se agolparon á su derredor y le besaron la mano. El Reverendo mandó apagar algunas de las velas y retirar á todas las rezanderas.
—Vamos, señor Fortún, ¿qué es eso? os creía, al contrario, muy aliviado...... quizá Dios todavía hará un milagro,—dijo Fr. Domingo acercándose á la cama del enfermo.
—¿Traéis los Santos Oleos?—respondió el enfermo con una voz trabajosa.
—No; y á fe que no os creía tan grave, y quizá......