—Dios me ha permitido, interrumpió el enfermo, que viva el tiempo necesario para que oigáis mi confesión, y ha querido salvar mi alma del infierno. Bendita sea su divina misericordia.
—Confiad en Dios, replicó Fr. Domingo; y quitándose su negra capa, arrimó junto á la cama un tosco sillón y se dispuso á oír la confesión del enfermo, el cual, por su parte y con mil esfuerzos, se incorporó y se acercó lo más posible al confesor.
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—¿Creéis que Su Divina Majestad me perdonará?—preguntó el enfermo después de haber confesado sus culpas.
—Si os arrepentís sinceramente, tendréis el cielo seguro, pues Dios perdona los más grandes pecados.
—¿Creéis, padre, que haría bien, para descargo de mi conciencia, en dejar para concluir la fábrica de las capillas, alguna parte de lo poco que Dios me ha dado en esta tierra?
—Seguramente, contestó Fr. Domingo. Todo eso es grato y meritorio á los ojos de Dios.
—Es que, continuó el enfermo con una voz que con esfuerzo le salía ya de la garganta, tengo otro pecado tan grande, tan horrendo, que dudo que Dios me lo perdone aun cuando dejara todo mi caudal al convento.
—No hay que blasfemar ni dudar un solo instante de la misericordia de Dios, que es infinita,—interrumpió el padre con entusiasmo. Vamos, no hay que tener empacho ni vergüenza á la hora de la muerte. Decid, depositad vuestro secreto en este Santo Tribunal.