El padre se acercó de nuevo al enfermo, y éste le habló un momento en voz muy baja.

—¡¡Jesús!!—exclamó Fr. Domingo dando involuntariamente un salto del sillón; ¿y todo ello es verdad?

—Tan verdad, padre, como que dentro de poco he de comparecer ante la presencia de Dios.

—Es muy grave, muy grave todo eso, y no hay que perder tiempo; y en esto buscó su sayal negro y caló de nuevo la montera.

—¿No me absolvéis? ¿me cerráis las puertas del cielo? ¿he de morir así como un hereje, sin esperanza ninguna?—dijo el enfermo con las lágrimas en los ojos......

—Es verdad, es verdad, dijo Fr. Domingo; pero os absuelvo con una condición. El padre se acercó al enfermo y mediaron algunas palabras. Después con toda solemnidad le dió la absolución, y apenas hubo tiempo, pues Fortún del Portillo hizo un gesto supremo, se volvió del otro lado, sus ojos se cerraron y su alma voló á la eternidad.

Fr. Domingo, preocupado con las últimas palabras que le dijo el moribundo, apenas acertó á rezarle las últimas oraciones de la Iglesia, avisó á los deudos, que entraron arrojando lastimosos lamentos, mientras el reverendo salió á la sala y se comenzó á pasear hablando solo y haciendo diversas señas y ademanes con las manos. Parecía que se había vuelto loco.

Luego que amaneció, se envolvió en su turca, y sin despedirse de nadie salió precipitadamente á la calle, se dirigió al palacio y encontró allí una multitud de gente que lloraba y se lamentaba amargamente. Era que el Virrey había muerto casi á la misma hora que Fortún del Portillo.

—No hay otro remedio, dijo en voz baja Fr. Domingo, sino dirigirse inmediatamente al visitador Valderrama; y sin entrar en su convento tomó el rumbo donde vivía este célebre é importante personaje.

II
El Marques del Valle