—Que la marquesa acaba de dar á luz con toda felicidad dos gemelos, ¿no es verdad?

—Me habían dicho que uno solo,—interrumpió Alonso.

—Dos, por el beneficio de Dios, contestó el marqués, y ya veremos para después como son tan grandes como su abuelo y tan ricos como su padre. Lo que me preocupaba ahora enteramente, eran las solemnidades del bautismo. Quiero que haya unas fiestas verdaderamente reales, y que......

Reales son todas vuestras cosas, Marqués, interrumpió Alonso de Avila, y reales las hemos de volver de tal manera, que las majestades reales queden asombradas de lo que aquí va á pasar.

—Quedo, quedo, dijo el Marqués poniéndose un dedo en la boca y cerrando la puerta;—y luego, dirigiéndose á los caballeros, continuó:—Sentáos y evitemos las ceremonias, pues que todos somos hermanos, y por tal tendréis siempre á mi fiel amigo Alonso de Avila.

Los caballeros, llamándose hermanos y estrechándose las manos, se sentaron á departir con la mayor confianza.

—¿Sabes, Marqués—dijo Alonso—que tengo un gran cuidado? es decir, de los cuidados que me dan risa y que á veces torno en placeres con mi espada.

—¿Algún duelo, alguna dama infiel, algún amor nuevo?—preguntó el Marqués.

—Nada de eso, pero quizá otra cosa más grave. No sé por qué tengo idea de que el juego de pelota, de dados y de naipes que he puesto en mi casa con el intento de crearme partidarios y disimular nuestras reuniones, ha sido denunciado al visitador Valderrama, y tiene ya los hilos de la conjuración.

—Nada es más cierto, repuso el Marqués, pero no te inquietes por eso; mi enemigo el Virrey es ya muerto, y Valderrama no ha dado importancia á la denuncia y todo me lo ha confiado. Por mi parte, y como que vive en mi casa, tengo que hablarle frecuentemente; lo he tranquilizado de tal manera que ni se acuerda del asunto.