Doña Luisa era la más hermosa de las doncellas tlaxcaltecas; sus formas mórbidas y graciosas se adivinaban al través de la rica túnica de algodón bordada de plumas, que bajaba desde sus hombros dejando descubiertos su cuello y sus torneados brazos; su boca pequeña, fresca y nacarada, ligeramente entreabierta, mostraba las rojas encías y los hermosos dientes que caracterizan á la raza indígena de México, y sus ojos ardientes parecían iluminar aquella encantadora fisonomía.

Negra como el ala de un cuervo la cabellera de la doncella, estaba entretejida con sartas de cuentas de oro y de coral, y en sus pies perfectamente modelados llevaba ligeros cacles de pieles ricamente adornados, y sujetos por cintas bordadas de oro que subían entretejiéndose hasta cerca de la rodilla.

Aquella fantástica hermosura debía estar destinada para el más famoso de los capitanes de Cortés, porque aquella joven era la perla y la flor de las bellas de Tlaxcala.

Al volver Doña Luisa de las ceremonias del bautismo, y cuando iba ya á ser entregada al hombre que debía ser su dueño y su amante, todas las miradas de los españoles se clavaban en ella, y por ella se encendían todos los corazones, y todos esperaban con ansia el momento de saber quien sería el feliz mortal que iba á poseer á la Venus de Nueva España.

Doña Luisa caminaba majestuosamente, pero con los ojos bajos y encendida por el rubor, conducida de la mano por uno de los señores de Tlaxcala.

Así llegaron hasta el lugar en que estaba el favorecido.

—¡Tonatiuh! (el sol)—dijeron los Tlaxcaltecas.

—¡Pedro de Alvarado!—exclamaron los españoles.

En efecto, Alvarado ó Tonatiuh, que quiere decir sol, como le llamaban los indígenas, por el color rubio de su pelo, era el dueño de Doña Luisa, la hija del viejo Xicotencatl.

Y quizá nadie merecía como él el amor de aquella mujer. En la batalla de Tabasco, y en las grandes batallas que el pequeño ejército español había tenido que sostener contra los ejércitos Tlaxcaltecas mandados por el indomable Xicotencatl, el joven Pedro de Alvarado se había distinguido entre todos por su arrojo y serenidad; ni contaba á sus enemigos, ni calculaba sus fuerzas, ni desconfiaba de su victoria y de su brazo.