¡Dios de las naciones! Haz que el crimen tenga expiación; permite que este pueblo se lave del baldón de sus opresores, haciendo reinar la paz, la justicia y la virtud; y haz por fin, que este pueblo oprimido quebrante sus cadenas y sea el terrible instrumento de tu justicia inexorable.
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¡Ay de los asesinos! ¡Ay de los verdugos! ¡Ay de los modernos fariseos! ¡Malditos serán sobre la tierra que regaron con sangre inocente, con sangre de sus hermanos que vertieron con crueldad y alevosía!!
II
Once años han pasado, y está aún abierto el libro de la historia y palpitante el recuerdo de la catástrofe.
La iglesia de San Pedro Mártir, en cuyo cementerio reposan las cenizas de los patriotas, no existe ya; los huracanes la derribaron por el suelo; y hasta sus cimientos han perecido.
Una aguja de mármol señala el lugar del sacrificio; sobre una de sus piedras se lee en letras negras: ACELDAMA (campo de sangre), palabra de la Biblia, que resume el misterio de aquel lugar que velan los pabellones de la muerte.
III
Víctimas y verdugos duermen ya el sueño eterno; las primeras vestirán en el cielo la túnica de los mártires y empuñarán la palma del sacrificio; los verdugos, rojos con la sangre de sus hermanos, pedirán con labios trémulos misericordia; Dios, sobre la alta justicia de los hombres, pronunciará su inexorable fallo.
Uno solo, el principal autor de la hecatombe, vive expatriado de la sociedad humana, yace como un condenado entre los hombres, con la carga pesada de su existencia, maldito de los suyos, aborrecido de los extraños, y con la marca del asesino sobre su frente.