El sargento francés dió á Romero el golpe de gracia; y sin embargo, como si aquella lama de gigante no hubiera podido desprenderse del cuerpo, al conducir el cadáver de Romero á su última morada, hizo un movimiento tan fuerte, que rompió el miserable ataúd en que le conducían sus verdugos.
El pueblo se dispersó sombrío y cabizbajo.
A las diez de la mañana de ese día, la tierra había bebido ya la sangre de aquellos mártires; el sol había secado otra parte, y los vientos habían borrado con su polvo los últimos rastros.
V
Un sol de gloria da de lleno sobre esas tumbas abandonadas, y la patria aun no señala con un monumento el lugar de tantas ejecuciones.
¿Compareceremos ante el juicio de la historia con la fea marca de la ingratitud? ¿No habrá quién coloque una piedra en ese Gólgota, para decir á nuestros hijos: aquí levantó la iniquidad su piedra de sacrificios para inmolar á los patriotas de la independencia mexicana?
Nosotros desde el fondo de nuestro corazón enviamos el más santo de nuestros recuerdos á los Mártires de la Libertad, y consagramos en las páginas del Libro Rojo la ofrenda de justicia á los héroes cuyos sublimes hechos servirán de grandes enseñanzas á las futuras generaciones.
Juan A. Mateos.