Quisiera no tener la necesidad de escribir este artículo; los recuerdos que para hacerlo tengo que evocar, punzan mi corazón, pues que á pesar de los años que han transcurrido desde la época en que acaeció el sangriento drama que voy á referir, hasta hoy siento aún aquella penosa angustia que era consiguiente al negro y tempestuoso porvenir que nos presentaba la lucha de independencia, y el doloroso vacío que dejaron en mi alma las terribles ejecuciones de Arteaga y Salazar, Villagómez y Díaz.
Lo que voy á contar no está apoyado en documentos oficiales, ni en citas históricas, ni en comentarios de sabios; es lo que yo mismo presencié, y lo que llegó á mi noticia por las sencillas relaciones de los jefes, de los oficiales y de los soldados que militaban á mis órdenes, y que fueron hechos prisioneros en unión de Arteaga y de Salazar.
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Comenzaba el mes de Octubre de 1865, y la suerte no podía ser más contraria para los republicanos que componíamos el ejército que se llamaba del Centro.
Reducidos á un número escaso de combatientes, con malísimo armamento, con poco parque de fusil, y eso de mala calidad, faltos de recursos pecuniarios, y sobre todo sin esperanza de mejora, los esfuerzos combinados de todos los jefes, su fe ciega en el triunfo de la causa de la Independencia de México, podían apenas mantener encendida la chispa en las feraces montañas del heróico Estado de Michoacán.
Arteaga era el general en jefe de aquel ejército, y en los días en que pasaron los acontecimientos que voy á referir, el General Carlos Salazar era el Cuartel-Maestre.
El general D. José M. Arteaga era un hombre cuya edad difícilmente podría haberse conocido en su rostro, porque su cutis rosado y transparente como el de una dama, sus ojos negros, rasgados y brillantes, y el fino bigote que sombreaba su boca, le daban el aspecto de un joven que apenas contara veinticinco años; y sin embargo, Arteaga pasaba ya de cuarenta; y sólo su obesidad, y la torpeza de sus movimientos, provenida de las heridas siempre abiertas que tenía en las piernas, podía desvanecer la idea que se formaba uno al ver su rostro constantemente risueño y alegre.
Salazar era casi de la misma edad que Arteaga; pero Salazar, por el contrario, representaba tener mayor número de años de los que en realidad contaba, y su aspecto era imponente, porque á las musculosas formas de un Hércules se unía la frente despejada y serena, y la mirada penetrante del hombre de gran inteligencia.
Durante algún tiempo, Salazar y Arteaga estuvieron desavenidos, lo cual fué causa de que el primero se separara temporalmente del servicio; pero pocos días antes de la ejecución de ambos, Arteaga llamó á Salazar, tuvieron una explicación en mi presencia, y sin dificultad volvieron á reanudar su antigua amistad, y Salazar fué nombrado Cuartel-Maestre del Ejército del Centro.
¡Tristes días eran aquéllos para nosotros! En el mes de Julio de ese mismo año habíamos sufrido un revés terrible en las inmediaciones de Tacámbaro, atacados por la legión belga y por las fuerza imperiales que mandaba Méndez, y de aquel desastre apenas habíamos salvado algunos elementos de guerra; todo parecía perdido, y sin embargo, la constancia y el entusiasmo de los jefes volvió á salvarnos del conflicto.