Por todas partes se trabajaba con una actividad prodigiosa; los coroneles Villagómez, Vicente Villada y Francisco Espinosa por un rumbo, Eugenio Ronda y Rafael Garnica por otro, Méndez, Olivares, Valdés, Díaz, Alsate, etc., etc., todos levantaban é instruían batallones y escuadrones, y para el día 1.º de Octubre, es decir, tres meses después de la desgracia de Tacámbaro, pudimos pasar en Uruapan revista á una división, formada de esta manera, y que contaba, ya con muy cerca de cuatro mil hombres, y esto, fuera de los que habían quedado de guarnición en algunas plazas como Zitácuaro, Huetamo, Tacámbaro, etc.
Aquella revista se pasó en medio de la mayor alegría y del entusiasmo más santo. Y tal era la fe de nuestros soldados, que al verse así reunidos, se creían tan fuertes, que se hubieran atrevido á batirse contra un ejército diez veces superior en número.
Pero aquella alegría y aquel entusiasmo eran los precursores de nuevos días de duelo y de tribulación; aquellas esperanzas iban á desvanecerse como el humo, á disiparse como una nube de verano.
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El día 10 de Octubre, desde las diez de la mañana, comenzamos á tener por diversos conductos, noticias de que Méndez, con una fuerte división, había salido de Morelia y se dirigía á Uruapam con el objeto de batirnos; y estas noticias, como era natural, nos tenían en alarma y dispuestos para emprender la retirada ó salir al encuentro del enemigo, según dispusiera el general en jefe.
Sería la una de la tarde, cuando llegó á mi alojamiento uno de los ayudantes del general Arteaga, á decirme que el General me esperaba en su casa; seguí al ayudante, y encontré á Salazar y á Arteaga que discutían sobre los movimientos del enemigo.
—General;—me dijo Arteaga—el enemigo debe estar aquí á las cuatro de la tarde; ¿qué opina vd. que debemos hacer?
—Mi opinión—le contesté—es que debemos dar una batalla.
Expliquéle en seguida mi plan, que no fué de su aprobación, y la cuestión comenzaba ya á acalorarse, cuando entró el coronel Trinidad Villagómez.
Villagómez era un joven de veinticinco á veintiséis años, valiente, pundonoroso, patriota de corazón, leal y muy dedicado al estudio; le había yo encargado el mando de una pequeña brigada de infantería, que con jefes tan dignos como Villagómez, prometía dar al Ejército del Centro muchos días de gloria.