Toda la tarde y parte de la noche caminó Arteaga, hasta llegar á una pequeña finca situada á siete leguas de Tancítaro, en donde acampó.

La distancia recorrida por las tropas republicanas en aquel tiempo, parecerá muy corta á los que no tienen conocimiento de los caminos por donde tenían que atravesar; pero cuando se miran aquellos desfiladeros, en que los infantes no pueden cruzar sino de uno en uno, en que los jinetes necesitan echar pie á tierra, en que cada paso es un peligro, y cada peligro es mortal, entonces es cuando se considera que aquellos senderos, en el tiempo de las lluvias, son casi intransitables de día, y la tropa los atravesaba de noche; entonces es cuando se comprende, por qué se caminaba durante tanto tiempo para avanzar sólo unas cuantas leguas de terreno.

Por fin, aquellos pobres soldados, que apenas habían podido dormir, hambrientos, fatigados y empapados por las constantes lluvias, llegaron á Santa Ana Amatlán á la mitad del día 13.

Arteaga y Salazar se creyeron en completa seguridad, fiados en la vigilancia del coronel Solano, á quien el primero de aquellos generales había ordenado que, con cincuenta caballos, permaneciese cerca de Tancítaro, en observación de los movimientos de Méndez.

Como para dar más seguridad á Arteaga, pocos momentos después de que llegó á Santa Ana Amatlán, se le presentó un oficial de Solano, pidiéndole, de parte de su jefe, un cajón de parque, y confirmó lo mismo que habían dicho ya algunos exploradores: que el enemigo no había hecho movimiento alguno.

Arteaga, pues, sin temer nada, y seguro de que Méndez había dejado ya de perseguirle, mandó desensillar, dispuso que se preparase la comida de la tropa, y él mismo se retiró tranquilamente á su alojamiento, y quiso descansar también, aunque fuera por algunas horas.

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Las armas estaban en pabellón, los calderos comenzaban á hervir con la pobre ración de carne, los soldados, abrumados por el ardiente sol de aquellos climas, se procuraban un abrigo bajo los árboles y los portales de la población, y los oficiales y los jefes buscaban en las modestas tiendas algún alimento para calmar su necesidad.

Repentinamente se escuchó un rumor extraño, carreras de caballos y de hombres, y gritos y disparos de fusil, y luego la confusión más terrible, más espantosa.

Los republicanos habían sido sorprendidos y era inútil pensar en la resistencia; un terror pánico se apoderó de los soldados, como sucede siempre en estas ocasiones; y ya no escuchaban la voz de sus jefes, y no volvían siquiera el rostro para el lugar en donde estaban sus armas, y no pensaban más que en salvarse por medio de la fuga, que emprendieron ciegos y por todas direcciones.