Muchos tenían que marchar á pie, pero todos convinieron en que, de preferencia, uno de los caballos debía servir al general Arteaga, y se le dió en efecto.
Arteaga era un hombre sumamente grueso y por consecuencia pesado y torpe en sus movimientos; necesitaba, pues, una montura especial y una cabalgadura fuerte y vigorosa, y ni una ni otra cosa se le daba; en vano pidió que se le entregase la mula que él montaba ordinariamente, y que con todo y arreos estaba en poder de los soldados de Méndez; nada consiguió, y se encontró en la necesidad de montar el caballo que le habían dado.
El camino estaba casi intransitable; el caballo era débil, la silla pequeña, y á cada paso el desgraciado general Arteaga caía con todo y caballo, causándose grave mal en sus abiertas y dolorosas heridas.
Salazar hacía casi todo el camino pie á tierra.
Seis días duró aquella terrible peregrinación, durante la cual el cansancio y los sufrimientos físicos y morales de los prisioneros, no encontraron más compensación que las muestras de simpatía de los pueblos del tránsito, y sobre todo de Uruápam, á donde llegaron el día 20 de Octubre.
Según me han referido los jefes que estaban allí entre los prisioneros, ninguno, inclusos Arteaga y Salazar, creía que después de los días trascurridos, se les fuera á fusilar, y en esta confianza ya todos hablaban solo de las penalidades del camino, y del día en que probablemente debían llegar á la capital de Michoacán.
Descansaban todos reunidos en su prisión, adonde algunas buenas y nobles familias les habían enviado abundantes comidas, cuando á las tres de la tarde se presentó el coronel Pineda, y en alta voz llamó á los generales Arteaga y Salazar, á los coroneles Villagómez y Díaz y al capitán González, y los hizo pasar á una pieza inmediata.
Ninguno de los otros prisioneros sabía cuál era el objeto de aquella separación, pero todos los corazones lo adivinaron, todos comprendieron que iba á representarse allí una terrible y sangrienta escena, todos, sin vacilar, aseguraron que aquellos cinco separados iban á ser las primeras víctimas.
Entonces desapareció la tranquilidad, reinaron la incertidumbre y el temor, y una nube de tristeza cubrió el rostro de aquellos desgraciados que ya no esperaban sino su turno para morir.
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