En aquellos días se había promulgado en la ciudad de Morelia el tristemente célebre decreto llamado “del 3 de Octubre” por la fecha en que fué expedido, y conforme á ese decreto que recibió Méndez en Uruápam, iban á ser pasados por las armas los prisioneros.

Pero ese decreto no podía aplicarse á hombres á quienes no se había hecho conocer; ese decreto no podía autorizar al mismo Méndez cuando aun no se promulgaba en los lugares en que él estaba, ni aun lo conocían sus mismos oficiales.

Nunca Arteaga, Salazar, Villagómez ni ningún otro de sus compañeros de infortunio se habrían sometido al imperio, ni dejado de combatir por más que ese y otros decretos los amenazaran con la muerte; pero en estricto derecho, esa ley no pudo ni debió habérseles aplicado.

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Separados ya de los demás prisioneros, Arteaga, Salazar, Villagómez, Díaz y González, se les notificó que en la mañana del siguiente día debían morir, y se les exhortó á prepararse para aquel horrible trance.

Todos ellos recibieron la noticia con noble serenidad, sin quejas, sin recriminaciones, con un valor heróico.

Pocos momentos después se presentó en la prisión el Sr. Ortiz, cura de Uruápam, eclesiástico lleno de virtudes, hombre de corazón recto y de sentimientos generosos; su palabra fué un bálsamo consolador para aquellos desgraciados que no miraban en derredor más que rostros amenazadores, y quizá risas sardónicas y de desprecio.

El cura Ortiz no abandonó un solo instante á Salazar y á sus compañeros que se sintieron ya menos abandonados, menos aislados en aquella última y suprema hora de su vida.

Toda la noche la pasaron escribiendo á sus familias y á sus amigos, y dando sus últimas disposiciones, de las cuales fué encargado el padre Ortiz, y en todas aquellas cartas se nota un pulso firme, un ánimo sereno, una conciencia tranquila, y sobre todo un patriotismo ardiente.

Consejos, recomendaciones, profesiones de fe política, todo con tanta calma como si no les faltaran tan pocas horas para morir.