Amaneció el día 21, y á las seis las tropas de Méndez salieron de sus cuarteles y formaron el cuadro frente á la prisión.
Eran ya los tres cuartos para las siete; había llegado el momento, y los sentenciados se presentaron. A pedimento suyo se les permitió marchar al lugar del suplicio sin llevar los ojos vendados.
Con paso firme se adelantaron, Arteaga pálido pero sereno, Salazar fiero y amenazador, Villagómez frío y desdeñoso, Díaz con una resignación cristiana, González con un aire burlón y despreciativo.
Salazar arengó á la tropa, pero como de costumbre, los clarines y las cornetas, y las cajas de guerra resonaron ahogando su voz.
Arteaga quiso arrodillarse para recibir la muerte, pero Salazar se lo impidió; se oyó la voz de «fuego,» retumbó la descarga, y poco después la columna imperialista desfilaba al lado de cinco cadáveres que Méndez dejaba abandonados, sin cuidar siquiera de que se les diese sepultura.
Aquella sangrienta ejecución en las montañas de Michoacán preocupó apenas á los defensores de la intervención, y apenas se ocuparon de ella los periódicos de las capitales; pero la historia la recogió en sus fastos, y la justicia eterna la grabó en su libro, y quizá tuvo un grande influjo en el porvenir.
Dios es justo.
Vicente Riva Palacio.