La pasión de mando en los príncipes, lo mismo que en los demás hombres públicos, puede ser una virtud ó un vicio. El anhelo de hacer el bien, es una virtud, y ese anhelo tiene á menudo los caracteres de una pasión...... pasión inmensa, superior á todas las pasiones; porque ella lisonjea las más nobles aspiraciones que el hombre puede traer á la vida. Ser feliz por la felicidad pública, vivir para un pueblo, trabajar sin descanso para una nación, darle vida, esplendor, nombre, poder, independencia, respeto, bienestar, libertad, orden, paz, fraternidad y dicha, es sin duda la más grande y noble pasión, como también la virtud más digna del reconocimiento público.
¡Cuántos hombres, sin embargo, habrán tenido estos ensueños, esos delirios patrióticos, esas aspiraciones que embriagan, y qué distante habrán visto el resultado! ¡Cuántas veces los medios empleados conducen á las naciones al inverso fin de los pensamientos y proyectos concebidos!
Tomad vuestro libro, príncipes, recorred la historia, y al llegar á las páginas de Luis XVI, Iturbide, Murat, Carlos I y Maximiliano, meditad en ese destino.
Abrid el vuestro, hombres públicos; y cuando lleguéis á las páginas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Guerrero, Ocampo, Alberto Brum, César, Cicerón, Terault de Sahelles, Filipeaux, Danton, Robespierre, Russel, Riego, Camilo Desmoulin, y otros y otros, pensad con detenimiento en el trágico fin de hombres que hoy suenan como gloria de las naciones que impasibles los vieran morir. Llegad con valor á las tumbas de esos príncipes y de esos hombres, removed su pasado entero, tocad uno á uno los puntos de su vida pública, y fijad, si podéis, con criterio indefectible, con la conciencia de juez severo, con la luz indeficiente de la razón, con la firmeza de la conciencia universal, el motivo determinado, seguro, fijo, que causó su muerte. Para ello, remontad vuestro estudio á la intención, que es la guía de la criminalidad.
No separéis vuestra atención de los propósitos. Detenéos un poco. Llamad á la filosofía en vuestro auxilio. Con el espíritu indagador del verdadero filósofo, buscad la criminalidad de los políticos en la violación de una ley clara como la luz del día, evidente como el sentimiento de nuestra existencia, universal como los preceptos de moral. ¿La encontraréis siempre? No.
¿Y la dañada intención de ejecutar una criminal voluntad?
¿Y el propósito de hacer mal?
¿Y la conciencia de sus faltas?
¿Y la depravación de sus miras?
¿Y el remordimiento de sus actos, y la agitación de su espíritu, y el terror de su fuero interno, y la inquietud de su alma, y la pasión ciega de sus deseos, y el abominable arranque de un corazón vengativo? ¿Lo encontraréis? Decidlo. Decidlo con franqueza. La filosofía no permite disimulo; externad vuestro juicio con la severidad filosófica de Catón.