Pero ¿adónde vamos?
¿A condenar la pena de muerte por delitos políticos?
Esto ya lo hemos hecho. Derramar la sangre humana como medida represiva ó preventiva, podrá tener su resultado positivo para la paz que forma el vacío; pero hay en el fondo de nuestro corazón una profunda repugnancia, inconcebible para algunos, poderosa para nosotros.
En esa lucha de las necesidades públicas hay una verdad que respetamos con toda sinceridad: la extinción de la pena capital es un pensamiento que ha encontrado resistencias que han parecido invencibles. Políticos profundos han creído que sin la pena de muerte la sociedad perdería sus elementos de vida rompiendo el respeto que inspira la posibilidad de la muerte por la ley.
A través de diez y nueve siglos que tiene la era cristiana, no se han podido realizar todas las esperanzas que despertó su existencia; pero la lentitud del progreso asegura su triunfo sobre el desmoronamiento de los antiguos elementos de política. La filosofía de la libertad vendrá más tarde á purificar doctrinas que en su desarrollo detienen el espíritu progresivo de la humanidad. El tiempo, armado de su poder irresistible, con la sucesión de algunos años en que la paz, condenando las malas pasiones, abra el alma á la luz de la enseñanza que entraña la fraternidad, será el mejor obrero de lo que hoy se llama utopia irrealizable.
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¡Sombra de Maximiliano, espíritu de ese príncipe en cuya defensa tuvimos un encargo de confianza; desde esa mansión donde todo es luz, arrojad alguna sobre este cuadro de vuestra vida, para pintar con caracteres de innegable verdad las causas de un gran drama político!
¿Qué causa determinó ese contraste de destino entre el nacer y el morir?
¿Quién guió esos pasos que conducían al patíbulo á un príncipe heredero de una gloria secular?
¿Por qué causa vino á morir á Querétaro, en el Cerro de las Campanas, quien pudo ser rey en Europa? ¿Qué había de común entre la dinástica nobleza de Austria y el pueblo de esta República?