México pasaba por una crisis cruel en su naturaleza misma; porque era trágica y suprema. Las instituciones eran todo y eran nada; porque ellas servían de bandera de libertad y de apoyo del Gobierno. Eran nada, porque en la práctica no regían. Su vida perfecta era imposible en una nación de combatientes. Era ese período en que se rompe para siempre con las tradiciones del pasado. Las reformas religiosa y política habían sacudido de raíz aquel árbol secular á cuya sombra la sociedad se forma de una aristocracia de fueros y privilegios notables en el clero y en el ejército. La ley de la igualdad se había proclamado, incorporando á las clases privilegiadas dentro de una misma ley civil.

El antagonismo de clase, condenado por los principios políticos, era una nueva ocasión de guerra. La nacionalización de bienes eclesiásticos, secularización de regulares, extinción de la vida monacal y demás reformas religiosas, preparaban algunos espíritus para una lucha sangrienta, como guerra de religión, interminable por un avenimiento; porque alimentada por pasiones que tocaban los extremos, era terrible, asoladora. Sus efectos se hacían sentir ya poderosos, cuando estalló la revolución que proclamó en la patria de Washington la independencia de los pueblos del Sur.

Los gobiernos de Europa, que presentían las consecuencias de un triunfo glorioso de la democracia, pensaron en que México pudiera ser un punto de apoyo, un arsenal inmenso, un cuartel general para ulteriores operaciones; y aprovechando las disensiones apasionadas de sus hijos, ofrecieron crear una monarquía en la tierra de promisión, que descubierta por el ilustre genovés Cristóbal Colón, fué la perla de la corona de España.

Esta colonia que llevó á su tesoro torrentes de plata y oro en cambio de una civilización cristiana, no era aún conocida el año de 1862 en su poder nacional.

Frágil la memoria de los hombres poderosos, olvidaron pronto los sacrificios de México, por su independencia, desconocieron su adelanto en medio de sus guerras intestinas, y creyeron obra de una visita militar la fundación de una monarquía que renovara las antiguas tradiciones, despertando el espíritu de orden y obediencia en que tan notable fué este virreinato por tres siglos.

En los años pasados después de la independencia, la educación ha cambiado las antiguas costumbres. México ha obtenido en medio siglo lo que pudiera ser obra para otros pueblos de centenares de años. De 1821 á 1863 recorrió desde la monarquía absoluta hasta la república más democrática, y la obediencia pasiva del antiguo sistema se ha cambiado por los fueros de la libertad.

Ese año de 1863 será siempre inolvidable en la historia de los sucesos que vamos á referir; porque éste fué el período en que el príncipe Maximiliano aceptó lo que, obra de los hombres, parecía altamente glorioso en sus fines al archiduque de Austria.

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Inglaterra, Francia y España, unidas por la convención de Londres el 21 de Octubre de 1861, enviaron en Diciembre del mismo año al puerto de Veracruz algunos miles de soldados, representada la primera para los fines de la convención por Sir Charles Wyke. Ministro inglés residente en México; la segunda por el Almirante Jurien de Lagravière y por el Conde de Saligny, Ministro de Francia en México; y España por el Teniente general don Juan Prim, Conde de Reus.

El tratado que celebró en el pequeño pueblo de la Soledad, distante pocas leguas de Veracruz, el Ministro de Relaciones D. Manuel Doblado, permitió á las tropas de las tres naciones venir á Orizaba y Tehuacán, ajustando un armisticio para acordar, entretanto, los medios de llevar á un término prudente las diferencias que en lo ostensible tenían aquellas naciones con la República Mexicana. Ese tratado que con el Sr. Doblado firmaron los representantes de las tres naciones el 31 de Octubre de 1861, ha sido juzgado por muchos como el monumento más glorioso de la habilidad diplomática de nuestro Ministro. Aplazada la guerra, podía crear la división en los invasores, y permitir, además, que se viese con claridad el fin á que se encaminaba y los medios de que disponían cada una de las partes que formaron la convención.