Nació en medio de los suyos, rodeado de una familia numerosa, en medio de un pueblo amigo.

Murió lejos de sus parientes, separado de toda su familia; pero la política es una liga superior á las de sangre, más poderosa que las de afinidad. El amor y el odio son el fruto de la política. Ella forma alianzas impalpables, vínculos sin pacto, simpatías de instinto, afectos profundos, adhesión inmensa, entusiasta hasta el delirio, resuelta hasta el martirio. Ella despierta sentimientos grandiosos hasta el heroísmo, y la admiración sincera, y el entusiasmo ardiente, y la gratitud reconocida, dan siempre una familia numerosa al que muere por una causa política. Las lágrimas son más abundantes, y su sinceridad está en el luto que cubre el corazón que trunca su vida, colocando en el altar de sus esperanzas el negro sudario de la muerte.

La patria, la familia, los hijos, esa continuidad de la existencia, renueva sin embargo nuestro sér, abre el corazón á los sentimientos generosos, el entendimiento á la luz; y después de los sangrientos dramas de la política, sólo hay un deseo, la salvación de la patria, la unión de los mexicanos, la libertad práctica, la consolidación de la independencia.

La historia con el inexorable poder de su criterio, es la única que al través de los años que calman las pasiones, mide bien los acontecimientos públicos. ¡Ojalá y ella, al juzgar á esta generación de que formamos parte, pueda decir: El velo que la Nación arrojó con el decreto de amnistía en 1870 sobre el período de la intervención y los de las guerras civiles en la República, puede levantarse sin temor para el examen filosófico de sus causas; porque están asegurados los votos de Maximiliano al morir; los de Juárez como vencedor y juez, son ya una verdad: la paz, la libertad y la independencia de México.

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El 6 de Julio de 1832, el corazón de la princesa Sofía se ensanchaba de gozo. Un nuevo hijo en una dinastía reinante, era un refuerzo, un apoyo, un elemento de poder que se ofrece en el alumbramiento de un niño que para la sociedad es la esperanza de la gloria, y para la madre la admiración de una preciosa existencia. El 19 de Junio de 1867, el corazón de la princesa Sofía ha de haber presentido toda su desdicha, y dirigiéndose al Sér Supremo, único consuelo de una madre que vé á un hijo en la desgracia, derramaría á torrentes el llanto del alma que, en sus penas y dolores, en su desvarío y en sus grandes amarguras, viste de luto la existencia que inquieta se desliza llena de sobresalto, en medio de la congojosa melancolía de un negro presentimiento.

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Poco tiempo después llegaba á México el almirante Tegetthoff á pedir los restos inanimados del príncipe Maximiliano, para conducirlos al sepulcro de sus antepasados.

El cadáver frío, yerto; pero conservado por la ciencia que momifica, permitía llevarlo al sepulcro de los grandes de Austria.

El cuerpo sin el alma es la presencia aterradora que aviva todo el dolor por la existencia perdida. Donde el alma se evaporó, no hay luz ni brillo, no hay amor ni esperanza, no hay más que tristeza, sombra, horror, ausencia, amargura, negra atmósfera que oprime el corazón. La única luz es Dios. La única esperanza es la transparencia inexplicable pero firme en la conciencia, de ese infinito que está más allá del día de la muerte. En ella encontró su consuelo la Princesa Sofía, madre adorada por el Archiduque.