La Novara, en 1864, traía á México la vida de un imperio lleno de pensamientos, proyectos é ilusiones. Cubierta de luto volvía en 1867, conduciendo el cadáver de aquel príncipe que, jefe de la marina austriaca, renunció á la posesión tranquila de sus honores, por la gloria de fundar una monarquía en México. La Novara será un navío histórico de un período de que fué principio y fin. En 1864 traía á bordo toda la esperanza de lo misterioso, de lo desconocido, que engendra para algunos la vida y para otros la duda y el temor. En 1867 llevaba la muerte: era el transporte fúnebre de un rey ajusticiado, era un ataúd provisional. En 1864, la Novara fué saludada con ardiente entusiasmo por los creyentes en la eficacia de la monarquía: en 1867 la luz artificial de los cirios que rodeando el cadáver del príncipe, chispeaban al cruzar el mar, era la más negra sombra que se proyectaba sobre el alma de la tripulación. La luz que oprime, la luz que hiere el alma, la luz que arroja sombras, luto y aflicción, es sólo la luz del sufragio; porque es el tributo á la nada en que se resuelve la vida que se extingue; pero hay aún en algunas naturalezas, para esa nada del espíritu, para esa nada de la vida, un amor inmenso, desgarrador, capaz de aniquilar nuestro propio sér, convertido al andar del tiempo en panteón ambulante de memorias queridas.
Una ceremonia fúnebre oficial, después del estremecedor y triste recibimiento de familia, tuvo lugar en el Convento de Capuchinas de Viena, donde se depositó el cadáver de Maximiliano. Una historia enseñaban aquellos restos, y la familia hizo gravar sobre el ataúd de aquellos despojos regios la siguiente inscripción:
FERDINANDUS. MAXIMILIANUS
ARCHIDUX. AUSTRIÆ
NATUS. IN. SCHOENBRUUN
QUI
IMPERATOR. MEXICANORUM. ANNO. M.DCCC.LXIV. ELECTUS
DIRA. ET. CRUENTA. NECE
QUERETARI. XIX. JUNNI. M.DCCC.LXVII
HEROICA
CUM
VIRTUTE. INTERUIT.
Nosotros quisiéramos también poner una inscripción que, á semejanza de un epitafio, reasumiera la vida de un período y de un orden de cosas que no tiene posible resurrección; pero esto sería pretender un imposible.
La mano del hombre más poderoso, el amor inmenso de los padres, la voluntad decidida, de los adictos, el entendimiento de más privilegiada fuerza, la historia inflexible en sus sentencias, son impotentes para reasumir en un epitafio toda una narración que abraza una época, que sólo puede juzgar hoy con imparcialidad el superior de todos los jueces. A ese juicio severo é impasible sólo se aproxima la inspiración tardía de los pueblos, que se erige, al desaparecer las pasiones, en criterio de la historia. Ella juzgará, y su sentencia, detallada en miles de páginas, no llegará tal vez á los oídos de los actores ni de la generación contemporánea; porque nuestra vida es corta, y el soplo de los años, poderoso para hundirnos en la nada de esta existencia, es un instante inapreciable en la vida de las naciones. Héroes ó mártires, vencedores ó vencidos, afortunados ó infortunados los actores del período á que consagramos estos renglones, tienen ya en sus manos el porvenir de la República: hay ya en el corazón mexicano un resorte de inmenso poder. Una ley de amnistía llama á todos á trabajar por el bien de la patria.
Esta página de nuestra historia debe ser también la llave del porvenir. Si aun ciegos y obcecados los partidos no abren su corazón y su conciencia á las inspiraciones santas del patriotismo y de la unión, México sucumbirá; porque la anarquía será el preludio de catástrofes que hoy nos amenazan como negra y aterradora sombra...... Pero no...... la adversidad no puede, inexorable, perseguirnos: el destino de nuestra patria perderá lo sombrío de algunas profecías, y la transformación de su sér se explica ya en el deseo general, inmenso, evidente de la paz. La Providencia lleva muchas veces á los pueblos á sus grandes fines por medios imperceptibles, y ha llegado para México el período de su resurrección. La experiencia de nuestros errores, el instinto de nuestros peligros, la advertencia de las lecciones pasadas, los episodios sentidos de las vicisitudes políticas, forman el hilo, hoy invisible de la unión, que dará al país la fuerza y el poder de su propia salvación. Sacudimientos ligeros, convulsiones pasajeras, pueden aún herir el sentimiento nacional; pero éste, superior á las disensiones de partido, se levantará poderoso contra toda tendencia revolucionaria que amenace la paz de la República. México había significado antes anarquía, desórden, rebelión constante; pero la sangre á torrentes derramada, la fortuna perdida á impulso de las revoluciones, la paz deseada y siempre perturbada, ha cambiado el carácter revolucionario y versátil del pasado que sucumbió para siempre, merced á los sacrificios de una generación que quiere para su patria orden, paz, progreso, independencia y libertad.
La regeneración de México ha comenzado, y esta regeneración se saluda como la vuelta de un joven lleno de esperanzas á la vida normal. Alimentemos todos esa preciosa existencia de la patria, con el inmenso amor del suelo en que nacimos, y unidos trabajemos por la paz, que es la más grande herencia que podemos legar á nuestros hijos.
Llamemos á nuestra mente la trágica historia nacional desde la Independencia; evoquemos recuerdos del sentimiento expresado por los hombres todos que han muerto por la patria, y como epílogo de esos solemnes y lúgubres momentos de la muerte, en que están presentes la patria, la familia, la conciencia, Dios y la eternidad, pudieran reasumirse esas palabras de agonía santificadas por la presencia del suplicio, en esta exclamación: «Patria, patria infortunada y querida: Si de los votos de estas víctimas dependiera tu felicidad, la unión de tus hijos te abriría el más brillante porvenir, y México sería grande y feliz con la unión de los mexicanos.»
Tales deben ser también los votos de los que sobrevivimos, y á su realización debemos encaminar nuestra conducta. Hoy tales propósitos aparecerán como un error: antes de mucho tiempo tendrán la evidencia de un axioma, y más tarde serán el poderoso elemento de nuestra vida nacional.