Los oidores Aguirre y Batani eran el alma de esta conjuración; casi todas las noches se reunían á conspirar los de la Audiencia y sus amigos; el fiscal Borbón adulaba al virrey en su presencia, y conspiraba con tanto ardor como los demás; Iturrigaray estaba sobre un volcán.

El Ayuntamiento era partidario del virrey, porque el virrey sostenía la buena causa; pero el Ayuntamiento de México no pudo ó no quiso apoyar á Iturrigaray, y se abandonó, sin conocer que en medio de las tinieblas conspiraba la Audiencia, y que el virrey debía arrastrar en su caída á los regidores.

Los comisionados de la junta de Sevilla trabajaban también contra el virrey; Jáuregui, á pesar de ser su cuñado, y Jabat porque era enemigo personal de Iturrigaray desde que éste vivía en España.

La suerte favoreció en su empresa á los conspiradores.

V

El odio de los oidores al virrey no conoció límites; habían jurado perderle, y lo cumplieron.

El 15 de Septiembre en la tarde salía Iturrigaray á paseo, y al bajar las escaleras de palacio, una mujer del pueblo se arrojó á sus pies.

—En nombre del cielo, lea V. E. ese papel—le dijo presentándole una carta.

—¿Qué pides, hija mía?—preguntóle bondadosamente el virrey.

—Nada para mí, sólo que V. E. lea con cuidado ese papel.