La mujer se levanto y se alejó precipitadamente. El virrey, pensativo, montó en su carroza.
Tenía Iturrigaray la costumbre de ir todas las tardes á pescar con caña en las albercas de Chapultepec; así es que apenas entró en su carroza, los caballos partieron en aquella dirección y el cochero no esperó orden ninguna.
Durante el camino, Iturrigaray leyó la carta que la mujer le había entregado; era la denuncia de una conspiración que debía estallar aquella noche.
El virrey sonrió con desdén, guardó la carta y no volvió á pensar más en ella.
Sin embargo, no era porque no creyese que conspiraban contra él, sino porque esperaba los regimientos de Jalapa, de Celaya y de Nueva-Galicia, con los cuales contaba para sofocar cualquiera rebelión.
Pero la Audiencia se había adelantado. Don Gabriel Yermo, rico hacendado, se prestó á servir á los oidores en su complot, é hizo venir de sus haciendas un gran número de sirvientes armados.
Con este auxilio, y contando con el jefe de la artillería Don Luis Granados, que tenía su cuartel en San Pedro y San Pablo, determinaron dar el golpe.
El día 15 de Septiembre de 1808 los conjurados fueron al palacio del arzobispo, y allí el prelado los exhortó y los bendijo para que salieran airosos del lance.
Arrojáronse entonces los conjurados sobre palacio, que tomaron sin dificultad de ninguna especie, porque además de que contaban ya con el oficial de la guardia, habían, por más precaución, hecho entrar allí desde la tarde á ochenta artilleros.
Llegaron, pues, hasta la alcoba de Iturrigaray, que dormía tranquilamente y que despertó rodeado de sus enemigos, que le intimaron darse á prisión.