El virrey no opuso resistencia; los sublevados se apoderaron de su persona, lo hicieron entrar en un coche, en el que iban el alcalde de corte Don Juan Collado y el canónigo Don Francisco Jaravo, y le condujeron á la Inquisición, á donde quedó preso en las habitaciones mismas del inquisidor Prado y Ovejero.

La virreyna, en compañía de sus dos hijos pequeños, fué conducida al convento de San Bernardo, y los oidores, presididos por el arzobispo, se reunieron al día siguiente muy temprano para comenzar su feliz gobierno.

Así se consumó aquella revolución, que dió por resultado la prisión de Don José de Iturrigaray y de su familia, y el secuestro de todos sus papeles y bienes.

Los individuos que formaban entonces la Audiencia y que fueron los directores de la conspiración, eran:

Regente: Catani.—Oidores: Carvajal, Aguirre, Calderón, Mesia, Bataller, Villafaña, Mendieta.—Fiscales: Borbón, Zagarzurieta, Robledo.

VI

La caída del virrey debía producir indudablemente la del Ayuntamiento, y así sucedió.

Casi al mismo tiempo que aprehendieron á Iturrigaray, redujeron á prisión al Lic. Verdad, al Lic. Azcárate, al abad de Guadalupe Don Francisco Cisneros, al mercedario Fr. Melchor de Talamantes, al Lic. Cristo y al canónigo Beristain.

Fr. Melchor de Talamantes fué conducido á San Juan de Ulúa, y allí en un calabozo espiró, habiendo sido tratado con tanta crueldad que hasta después de muerto se le quitaron los grillos. Azcárate estuvo á punto de morir envenenado.

Pero entre todos los presos ninguno tenía sobre sí el odio de la Audiencia como el Lic. Verdad.