Verdad se había atrevido á hablar de la soberanía del pueblo delante de los oidores, de los inquisidores y del arzobispo, y este era un crimen imperdonable.
En efecto, si se consideran las circunstancias en que esto aconteció, no puede menos de confesarse que Verdad, con un valor del que hay pocos ejemplos, lanzó el más tremendo reto á los partidarios del derecho divino, hablando por primera vez en México de la soberanía del pueblo: este sólo rasgo basta para inmortalizar á un hombre.
El Lic. Verdad fué encerrado en las cárceles del arzobispado, y una mañana, el día 4 de Octubre de 1808, se supo con espanto en México que había muerto.
¿Qué había pasado? nadie lo sabía; pero todos lo suponían, y Don Carlos María de Bustamante, en el suplemento que escribió á los «Tres siglos de México,» asegura que Verdad, amigo íntimo suyo, murió envenenado.
Bustamante refiere que él fué en la mañana del mismo día 4 y encontró á Verdad muerto en su lecho.
Pero indudablemente Bustamante se engañó: he aquí el fundamento que tengo para decir esto.
Cuando en virtud de las leves de Reforma el palacio del arzobispo pasó al dominio de la nación, de la parte del edificio que correspondía á las cárceles se hicieron casas particulares, una de las cuales es la que hoy habita como de su propiedad, uno de nuestros más distinguidos abogados, Don Joaquín María Alcalde.
El comedor de esta casa fué el calabozo en que murió Verdad, y cuando por primera vez se abrió al público, yo ví en uno de los muros el agujero de un gran clavo, y alderredor de él, un letrero que decía sobre poco más ó menos:
Este es el agujero del clavo en que fué ahorcado el Lic. Verdad.
Y todavía en ese mismo muro se descubrían las señales que hizo con los pies y con las uñas de las manos el desgraciado mártir, que luchaba con las ansias de la agonía.