La sala, desnuda, guarda unos utensilios arrinconados, cubiertos por una sábana suspendida de pared á pared á lo ancho. Aquí, los sábados, bajaban de San Miguel el Alto los carboneritos, y luego que realizaban su mercancía en Maravatío y las haciendas comarcanas, entraban derecho, sin otro pase que el buenos días, así como iban: con ese descuido que mueve á risa y toca el corazón; y tomaban asiento cual si fuese aquella su casuca, y cogían un periódico de entre los muchos que había sobre la mesa del centro y muy serios se ponían á leer, como si estuvieran enterándose á pechos de la política. Y no: los pobrecillos deletreaban, repasaban la lección del otro sábado, dada con empeño paternal por el amo, que también leía ante ellos. Parécenos que estamos viéndole con aquel su semblante todo de bondad y amor, aquellos sus ojos hermosos de puro apacibles, aquellos sus labios que rebosaban energía y mansedumbre, su cabeza apolínea de cabellera suave y ondeada, sus maneras refinadamente nobles, su alta frente espaciosa, su voz clara y dulce. Terminada su clase de instrucción primaria, hablaba á sus discípulos humildes, como Jesús á su grupo de pescadores.
—No hagas á otro lo que no quieras que te hagan á tí. No juzgues y no serás juzgado. Dar es mejor que recibir. Perdona y serás perdonado. El que se humille será exaltado, el que se exalte será humillado. Ama á tus enemigos. Haz bien á los que te aborrezcan.
Y esto, predicado en aquella comarca desolada y lúgubre, especie de Galilea hace tiempo, lo repiten al pie de la letra los iniciados supervivientes en los misterios de aquella sinagoga, como enseñanza del Evangelio. ¡Cómo no había de ser el Evangelio, si Ocampo fué el doctor de la ley! ¡A sí llamaba siempre á los humildes! ¡A él acudían en las aflicciones de la carne y del espíritu para hallar alivio!
Esa mañana que visitamos á Pomoca, nos causó indignación y tristeza ver salir de unas trancas el ganado del dueño actual. Uno tras otro pasaban indiferentes y perezosos los animales, con la cabeza recta, tambaleándola, los ojos soñolientos, rumiando todavía. Un toro, negro como el azabache, hizo alto en el desfile y se puso á oler fuertemente un trecho de tierra, en seguida mugió y comenzó anheloso á llorar. Retiróse á carrera, como para participar del dolor á sus compañeros, volvió luego, y olía rastreando el belfo, rascaba tierra, azotaba la cola en su trasero y, abriendo tamaños ojos, mugía y lloraba inconsolable. Otros animales acudieron en tropel y apenas olían ese pedazo de tierra, también mugían y lloraban, y venían otros, y otros más, hasta formar un círculo apretado de dolientes que sollozaban.
El sitio que abandonaba el ganado era el jardín del señor Ocampo, el gran jardín, que siempre causó delicia á su hacedor. De él sólo quedan el trazo del cenador y los membrillos, un sauce y el árbol de la estricnina, que parecen arrastrar una vida de hastío desde la muerte de quien los velaba. Lo demás es tierra raza y estiércol apelmazado por las bestias.
UN SUCESO EXTRAÑO
En una hondonada, entre Pomoca y Pateo, corre el río de las Minas, que nace en Tlalpujahua, y atraviesa el camino real bajo un puente de cal y canto. De aquí á Pomoca el camino se hace pedregoso, pero orillado de fresnos frondosos. El puente es obra del señor Ocampo y sus manos plantaron los fresnos.
Aquí estuvo sentado en el borde del puente, pistola en mano, la noche del martes 28 de Mayo, en seguimiento de algo extraño, que trataba de alcanzar y ver y que se le perdía. Sucedió que, cenando en familia, á la hora del té, tocaron en la pared del lienzo correspondiente al corral de las gallinas. Doña Ana Guerrero, ama de llaves y encargada de la tienda, mandó á Marcelino Campos que viera qué acontecía. El sirviente entró en el corral, buscó y no vió nada. Apenas había vuelto al comedor é informaba de que nada era, oyéronse otros toques, tan fuertes como golpes.
—Parecen de barreta—hizo observar el señor Ocampo.
Entonces doña Ana, en compañía de Marcelino y otras personas, fué á registrar todo el corral y examinó la pared en la parte en que salían los golpes. Convencida de que nada había, volvió y dijo al señor Ocampo, que permanecía de sobremesa con sus hijas Petra y Julia, y don Eutimio López, administrador de la hacienda: