—Compadre, no es nada.
—Pero, ¿han buscado bien?
—Sí, compadre, por todas partes y no hay nada.
—¡Qué raro!—prorrumpió el señor Ocampo.
En esto, oyéronse otra vez los golpes, más intensos y repetidos, precisamente á sus espaldas. Luego, molesto, dijo que la familia, inclusa Lucila que estaba enferma y la cuidaba á su cabecera doña Clara Campos, esperara en el zaguán chico, que era la salida de la casa á la troje y la era, y el paso para el jardín y la hostería; pero á ésta, volteando la fachada. Y, levantándose, mandó bajar del zaguán el quinqué y pasó á registrar el corral, el jardín y otros lugares. De regreso, no habiendo hallado nada, buscó, con igual resultado, entre las tupidas enredaderas que tapizaban los pilares y las paredes. Cuando se presentó donde esperaba su familia, oyeron todos, como viniendo del puente á la hostería, ruido de cabalgaduras á galope, de armas que chocaban contra monturas y ecos confusos de voces. Se armó de pistola, dijo á doña Ana que, si era muy preciso, ocultase los objetos de valor y á sus hijas en el subterráneo del corral de las gallinas; que nadie le siguiera, y partió á cerciorarse de quiénes eran. Llegó al portal de la hostería y no encontró á nadie ni vió nada: el zaguán estaba cerrado. Se puso á escuchar si habían entrado: silencio sepulcral reinaba. Queriendo ver en el camino, allá, á cien metros, en medio de la obscuridad, para distinguir á álguien, y de nuevo oyó el ruido de las cabalgaduras, de las armas y el rumor de las voces; mas, ahora, como que se alejaban. Y resuelto, se dirigió en seguimiento de todo eso extraño, que le precedía, hasta el puente, en donde dejó de oir. Entonces descansó en el borde y, en tanto reflexionaba sobre el suceso, percibió que alguien iba detrás; habló y le contestó Campos:
—Yo soy, señor amo: me mandaron las niñas que le siga, para que nada le pase.
Transcurrida como una hora, á las diez, llegaba de una hacienda inmediata á Ixtlahuaca, don Juan Velásquez, con la noticia de que acababa de entrar en ella una tropa de reaccionarios. Hizo ver al señor Ocampo el peligro que corría, permaneciendo en Pomoca, y la necesidad de que partiese pronto á lugar seguro porque parecía que venían por este rumbo.
—Si yo no he hecho nada, ni he ofendido á nadie. ¿Por qué he de huir?—manifestó el señor Ocampo.
Esa noche no pegó los ojos, sino hasta muy tarde. Sus hijas y doña Ana, con el sobresalto, durmieron mal.
Miércoles 29.—El señor Ocampo iba á Maravatío en compañía de sus hijas Petra, Lucila y Julia á pasar el Corpus. La presencia del señor Juan Velázquez fué la causa de que ya no las acompañase, sino éste, que partía para la población. La salida fué á las seis de la mañana. Estaba él muy taciturno, rebujado en su capa, cubierta la cabeza con una cachucha, de pie en el portal de la hostería, donde las cabalgaduras ensilladas esperaban al grupo de viajeros. Sus hijas, al despedirse, le besaron amorosamente la mano.