—Está bien, mis señoras;—les dijo emocionado—allá nos veremos el sábado, para que nos vengamos juntos.

Al partir la caravana, quedó él como clavado, mirándola y mirándola, hasta que la perdió de vista. Cuando volvió las espaldas al camino y entró ya solo en la casa, se llevó el pañuelo á los ojos é inclinó la cabeza.

Jueves 30.—Llegó á la hostería una persona sospechosa vestida de negro, cuyo caballo tenía en una anca este hierro: R (Religión); acompañábale un guía, á quien encerró en un cuarto, sin dejarle salir, ni aun para el sustento, el cual él mismo le introducía. El mantillón de su montura era de paño azul, con angostas franjas rojas. Doña Ana y Esteban Campos le preguntaron por qué tenía ese hierro el caballo y ese mantillón la montura, y contestó:

—En el camino unos pronunciados me quitaron mi caballo, que era bueno, y me dieron éste, así como está.

Doña Ana, sospechando algo, rogó al señor Ocampo que se fuera, porque corría peligro; que probablemente era un espía el desconocido. Pareció ceder y mandó ensillar su caballo; pero la respuesta del desconocido, repetida por doña Ana, le hizo cambiar de resolución.

—Es posible que le hayan cambiado su cabalgadura—dijo el señor Ocampo.

Y en seguida, después de un momento de silencio, agregó:

—Ya no me voy. Que desensillen mi caballo.

Viernes 31.—A las cinco de la mañana el desconocido salió aparentemente para continuar su viaje. Le siguió Esteban Campos en observación del camino que tomaba. Fué el mismo que trajo la víspera: el del puente; noticia que comunicó al señor Ocampo.

Desde aquel instante, parece que un grave presentimiento cayó sobre su ánimo: de comunicativo se tornó profundamente reservado; de sereno, en inquieto; de laborioso, en inerte; de triste, en enfermo.