—¿Qué se le ofrecía? Estoy á sus órdenes.
El charro puso en sus manos un papel, y al terminar su lectura el señor Ocampo, dijo:
—Está bien; pero ¿tuviera usted la bondad de decirme con quién hablo?
—Con Lindoro Cajiga—contestó el portador.
Y haciendo uso de su serenidad habitual y su genial cortesía, dijo á Cajiga:
—Antes de ponernos en marcha para saber qué me quiere Márquez, tomaremos la sopa.
A esa invitación se negó rotundamente Cajiga; y como manifestase precisión de ponerse luego en camino, doña Ana, dirigiéndose á don Melchor, le preguntó:
—Compadre, ¿por qué no se cambia usted de ropa?
—No sé si me lo permitirá el señor—contestó Ocampo, señalando á Lindoro.
—Sí, puede cambiársela—manifestó éste.