El señor Ocampo entró en su recámara y, poniéndose un traje sencillo, se despojó del reloj y las mancuernas de oro, dejándolos en su lecho, y volvió á presencia de su aprehensor. Al ir á montar en el caballo que le había preparado su servidumbre, se encontró con que le había sido substituído, de orden de Cajiga, por otro de pésimas condiciones, que á lo pequeño y maltratado reunía una montura ridícula. Tan luego como Cajiga hubo desaparecido con su presa rumbo á Pateo, ordenó doña Ana á Gregorio García que corriese á Maravatío á dar aviso á las niñas de la captura de su padre. Ya en la casa de la finada doña Ana María Escobar, donde estaban hospedadas, al llamar Gregorio á la puerta salió Lucila á su encuentro y leyéndole en el semblante lo que acontecía, le interrogó sobresaltada:

—¿Qué sucede con mi padre, Gregorio?

—Pues nada, niña—contestó, pugnando por disimular la gravedad del suceso.

—Algo le pasa á mi padre, dímelo. Dime, ¿qué pasa?—insistió Lucila.

—Lo han tomado prisionero á la una del día—dijo con honda amargura Gregorio.

Como si tratara de substraerse al castigo de su crimen, Cajiga condujo á Ocampo á la hacienda de Pateo. Allí estaban de paso doña Teresa Balbuena de Urquiza y su hijo don Francisco, que se dirigían á Pomoca, para hacerle una visita. Viendo éste que su amigo carecía de abrigo, le ofreció unas chaparreras y, para sujetárselas al pantalón, unas correas. Aceptólas cariñosamente y, al ponérselas, Ocampo mostró sonriente su nueva prenda y prorrumpió, dirigiéndose al alma de sus perseguidores:

—Hijo, nadie creería que soy de Michoacán; pues ya ves que los padres, para dar el Viático, se ponen chaparreras.

PAQUIZIHUATO

En su marcha de fugitivos, se dirigieron á la hacienda de Paquizihuato, situada en la falda de un cerro, fertilizadas sus cercanías por el río Lerma, que á trechos corre caudaloso rompiendo sus aguas contra rocas y los sabinos seculares, que orlan sus márgenes, para esparcirse en seguida mansamente por la superficie arenosa y cubierta de guijas del antiguo valle de Uripitío de los Pescadores, hoy de Maravatío.

La troje, local saliente de la finca, y que está como entonces, sirvió de primera cárcel al señor Ocampo. Cerca de la puerta le tuvieron sentado entre centinelas de vista; mientras la soldadesca discurría por las casuchas, alardeando de su negra hazaña y entregándose al pillaje. Testigos de estas depredaciones son Leandro Hernández y Pascual Molina, supervivientes, que nos narraron este suceso, despertando su indignación el recuerdo.